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Mi angelito

 El comercio ilegal de fauna y flora en todo el mundo asciende, según un informe difundido por INTERPOL, a 17.000 millones de euros por año: 10.000 millones por fauna, y 7.000 millones por flora y madera.

 Hasta que se conocieron estas cifras, las Naciones Unidas ubicaban el contrabando de especies en tercer lugar, superado por el tráfico de drogas y el mercado negro de armas. Hoy, sin embargo, algunas organizaciones no oficiales señalan que ya podría estar instalado casi a la par con este último.

 Se trata de una estructura delictiva compleja, con enormes ramificaciones, prolijamente aceitada y estrechamente vinculada con el comercio de armas y drogas y con el contrabando en cualquiera de sus ramas. En todos los casos, se falsifican documentos oficiales, se sobornan autoridades, se evaden impuestos y se realizan declaraciones fraudulentas.

 En el caso particular del comercio ilegal de especies, esta actividad genera competencia desleal, perjudica a los comerciantes que cumplen con la ley, sobre explota las especies permitidas, vulnera más las especies amenazadas y pone en riesgo las posibilidades de aprovechar correctamente la naturaleza en el presente y en futuro.

 Por ejemplo en los aeropuertos se recuperaran, en diferentes operativos, aves, mamíferos y reptiles que muchas veces son trasladados dentro de medias de nylon, ocultos en pequeñas cajas o alguna otra alternativa que, generalmente, provoca la muerte de parte del cargamento. Se sostiene que, aunque tan sólo sobreviva un treinta por ciento de los animales, el contrabando, si prospera, resultará exitoso. Ese es el margen de rentabilidad asegurada.

 Quien piense que el tráfico ilegal de loros, monos, plantas y serpientes es un género menor en el mundo del delito, se equivoca.

 Hay en el mundo más de 13.000 especies conocidas de mamíferos y aves, así como miles de reptiles, anfibios y peces, millones de invertebrados y alrededor de 250.000 plantas con flores. El comercio internacional no regulado de especies es responsable de una considerable disminución del numero de muchas de ellas.

 En 1973, los principales países tomaron conciencia de la magnitud de la sobrepoblación de especies y eso los llevó a redactar el primer tratado internacional con el propósito de proteger la fauna y flora silvestre e intentar, de ese modo, frenar el comercio de especies en peligro de extinción.

 Así, en Estocolmo, Suecia, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres-Cites, su sigla en inglés-entró en vigor el 1º de julio de 1975. Actualmente cuenta con la adhesión de 150 países miembros.

 En lo que se refiere al comercio de fauna y flora el mundo está dividido en países productores y consumidores.

 Dentro de los consumidores están los países ricos-Japón , USA y los europeos- y en los países productores los africanos, los de América Latina y una gran parte de Asia.

 La cadena de tráfico está muy bien estructurada y cuenta con acopiadores en las provincias, transportistas, cazadores solitarios, distribuidores a minoristas, en las grandes ciudades, comerciantes, empresarios, funcionarios, público consumidor y finalmente exportadores ilegales, siendo estos los que se quedan con la mayor parte del beneficio de la venta y los menos expuestos al accionar de la justicia.
 En buena medida, el comercio ilegal de especies se apoya en el desconocimiento que tiene la mayoría de las personas sobre las especies que está permitido vender y las que no lo están.

 Analistas en contaminación y ecología y fundaciones para la protección de vida silvestre coinciden al explicar que la lucha contra el tráfico de la vida silvestre deberá apuntar a eliminar las operaciones ilegales y corregir las deficiencias del comercio legal.

 Es importante informarse sobre la legislación si esperamos que sea aplicada y queremos participar en la solución de este problema.  Ningún esfuerzo será en vano, porque la cadena es larga, y somos parte importante que la afecta notablemente: somos los potenciales consumidores, los posibles mandantes que hacemos que este tráfico aún continué y se incremente. A veces, por modas, egoísmo posesivos o gustos superfluos.

 Esta lucha no es por simple problema que preocupe a unos cuantos fanáticos que defienden a los animales, sino que es un problema ambiental que incluye varios agentes y factores involucrados.

 Por lo general, se cree que el único responsable del comercio ilegal de fauna es el traficante, pero desde los cazadores hasta el público consumidor participan de estos hechos ilícitos por falta de conciencia, de información o de una conducta más solidaria o ética. Sin embrago, no todos están en igualdad de condiciones . Hay muchas personas que si no cazan no comen. Por eso, las mismas organizaciones de protección a la vida silvestre están concientes que donde hay pobreza y marginalidad es más difícil administrar correctamente los recursos naturales y, por consiguiente, conservarlos.

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