jueves, 28 de agosto de 2008
 
Mi angelito
LA CUADRILLA DE LOS BUITRES NEGROS  
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )
     Un día recibí una carta de mi primo Antonio. La iba leyendo por el pasillo tan entretenido, riéndome de sus cosas, que pasé por mi aula, seguí de largo y entré en la siguiente, donde estaban en clase de Física. Sin levantar la vista del papel fui hasta donde estaría mi sitio y por poco me siento encima de otro. Toda la clase se rió. Tito también se rió cuando se lo conté, se rió muchísimo. Nunca se había divertido tanto con algo que me sucediera a mí, y me sentí feliz. Pero no es verdad que eso ocurrió. Lo inventé para poder contárselo, porque a él siempre le ocurren cosas divertidas y a mí nunca me pasa nada.

    Tito era un chaval estupendo. Y además muy popular en clase. En parte, por sus comentarios (subidos de tono) en medio de una clase y en parte, por el olor que desprendían sus sobacos (olor que contenía los principios de la guerra bacteriológica). Una vez Susana Portabales (apodada Portaaviones, por razones obvias) salió a la pizarra en clase de Matemáticas a resolver un problema de senos, cosenos y tangentes, y la pobre no tenía ni idea y se quedó hipnotizada mirando el encerado. Entonces Tito dijo, en voz alta:
      - Parece mentira, ahí donde la veis, y no tiene ni idea de senos.
     Se armó un alboroto, Susana se echó a llorar y a Tito le expulsaron de clase y la tutora le dijo que era un crío y un inmaduro, y que a la próxima tontería hablaría con sus padres, y le echó un sermón sobre la Naturaleza y las mujeres y los hombres que se dividen en civilizados y sin civilizar, y que si él quería ser de los bárbaros sin civilizar pues que en este colegio no iba a tener sitio, pero a Tito no le importaba mucho, o al menos le compensaba de sobra haberse hecho el gracioso, porque en los deportes era negado, como estudiante era pésimo, y con las chicas ni rosca, y esas gamberradas le proporcionaban la popularidad que tenía. Eso y su carácter alegre y generoso, siempre de broma, haciéndonos más llevadera la vida en el colegio. Si tenía muy poco éxito con las chicas se debía principalmente a que el pobre tenía una sobaquina que tiraba para atrás. Cuando te tocaba de pareja en Educación Física a morir los caballeros, y después, cuando se duchaba, aparte de las bromas, frótate bien los alerones, Tito, ¿Quieres mi desodorante también, como refuerzo del tuyo? Y a los veinte minutos, ya tenía una mancha en la camisa y vuelta a oler a sobaco, y me hubiera gustado que la tutora metiera allí la nariz, y un discursito a la tutora sobre la naturaleza. Pero bueno, la verdad es que al final te acostumbrabas al olor. Un pedazo de pan, un niño grande.

    A mí no me gusta como soy. Quisiera ser de otra manera. Sí, porque en el colegio, en el recreo o en las clases de Geografía o Religión, a mí nadie me llama cuando hay que formar grupos, nadie me dice que me apure para ir a comer conmigo o que le reserve un sitio en el autobús. Cómo me hubiera gustado que aquella vez, en la clase de Biología, cuando le pusieron un cigarrillo en la boca a Rigoberto, el esqueleto, y nos dejaron castigados, la profesora no hubiera dicho que yo sí me podía ir porque estaba segura de que yo sí que no había sido. Cómo la odié mientras pasaba por delante de todos con la aureola dorada sobre mi cabeza. Cómo me hubiera gustado haber sido yo el autor. Pero qué va, yo no fui. Y de mí no se enamoró ninguna chica. Sobre todo no se enamoró Natalia. Yo no pude enamorarla. No me salió. No se me movían las piernas aquella vez para ir del banco donde estaba yo al banco donde estaba ella, tomándose un refresco. Y estoy seguro de que si Natalia me hubiera querido, si hubiéramos sido aunque fuera un poquito novios, habría dejado de ser como soy. Hubiera sido como Pablo o Adrián. Natalia tan linda, Natalia tan cerca y tan lejos, con esa forma que tiene de llegar a clase, de ponerse de pie, de ruborizarse cuando los profesores le preguntan, de estar de espaldas cuando la llaman y volverse. Lo que hice fue escribirle una carta, Dios mío qué vergüenza, y a pesar de que le advertí lo secretos que eran mis sentimientos, que si no le interesaban no se lo dijera a nadie, al día siguiente, cuando entré en clase, todos se dieron la vuelta y me miraron entre cuchicheos y sonrisitas ahogadas y cuando al rato entró Natalia, la clase estalló en carcajadas y aplausos. Vaya bochorno. La odié, por Dios que la odié. Daría dos años de mi vida porque esto no hubiera sucedido. Menos mal que podía contar con la amistad de Tito. Y con el pueblo donde veraneo. Esa es mi casa.

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