Un
día recibí una carta de mi primo Antonio.
La iba leyendo por el pasillo tan entretenido, riéndome
de sus cosas, que pasé por mi aula, seguí
de largo y entré en la siguiente, donde estaban
en clase de Física. Sin levantar la vista del
papel fui hasta donde estaría mi sitio y por
poco me siento encima de otro. Toda la clase se rió.
Tito también se rió cuando se lo conté,
se rió muchísimo. Nunca se había
divertido tanto con algo que me sucediera a mí,
y me sentí feliz. Pero no es verdad que eso
ocurrió. Lo inventé para poder contárselo,
porque a él siempre le ocurren cosas divertidas
y a mí nunca me pasa nada.
Tito era un chaval estupendo. Y
además muy popular en clase. En parte, por
sus comentarios (subidos de tono) en medio de una
clase y en parte, por el olor que desprendían
sus sobacos (olor que contenía los principios
de la guerra bacteriológica). Una vez Susana
Portabales (apodada Portaaviones, por razones obvias)
salió a la pizarra en clase de Matemáticas
a resolver un problema de senos, cosenos y tangentes,
y la pobre no tenía ni idea y se quedó
hipnotizada mirando el encerado. Entonces Tito dijo,
en voz alta:
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Se
armó un alboroto, Susana se echó a llorar
y a Tito le expulsaron de clase y la tutora le dijo
que era un crío y un inmaduro, y que a la próxima
tontería hablaría con sus padres, y
le echó un sermón sobre la Naturaleza
y las mujeres y los hombres que se dividen en civilizados
y sin civilizar, y que si él quería
ser de los bárbaros sin civilizar pues que
en este colegio no iba a tener sitio, pero a Tito
no le importaba mucho, o al menos le compensaba de
sobra haberse hecho el gracioso, porque en los deportes
era negado, como estudiante era pésimo, y con
las chicas ni rosca, y esas gamberradas le proporcionaban
la popularidad que tenía. Eso y su carácter
alegre y generoso, siempre de broma, haciéndonos
más llevadera la vida en el colegio. Si tenía
muy poco éxito con las chicas se debía
principalmente a que el pobre tenía una sobaquina
que tiraba para atrás. Cuando te tocaba de
pareja en Educación Física a morir los
caballeros, y después, cuando se duchaba, aparte
de las bromas, frótate bien los alerones, Tito,
¿Quieres mi desodorante también, como
refuerzo del tuyo? Y a los veinte minutos, ya tenía
una mancha en la camisa y vuelta a oler a sobaco,
y me hubiera gustado que la tutora metiera allí
la nariz, y un discursito a la tutora sobre la naturaleza.
Pero bueno, la verdad es que al final te acostumbrabas
al olor. Un pedazo de pan, un niño grande.
A mí no me gusta como
soy. Quisiera ser de otra manera. Sí, porque
en el colegio, en el recreo o en las clases de Geografía
o Religión, a mí nadie me llama cuando
hay que formar grupos, nadie me dice que me apure
para ir a comer conmigo o que le reserve un sitio
en el autobús. Cómo me hubiera gustado
que aquella vez, en la clase de Biología, cuando
le pusieron un cigarrillo en la boca a Rigoberto,
el esqueleto, y nos dejaron castigados, la profesora
no hubiera dicho que yo sí me podía
ir porque estaba segura de que yo sí que no
había sido. Cómo la odié mientras
pasaba por delante de todos con la aureola dorada
sobre mi cabeza. Cómo me hubiera gustado haber
sido yo el autor. Pero qué va, yo no fui. Y
de mí no se enamoró ninguna chica. Sobre
todo no se enamoró Natalia. Yo no pude enamorarla.
No me salió. No se me movían las piernas
aquella vez para ir del banco donde estaba yo al banco
donde estaba ella, tomándose un refresco. Y
estoy seguro de que si Natalia me hubiera querido,
si hubiéramos sido aunque fuera un poquito
novios, habría dejado de ser como soy. Hubiera
sido como Pablo o Adrián. Natalia tan linda,
Natalia tan cerca y tan lejos, con esa forma que tiene
de llegar a clase, de ponerse de pie, de ruborizarse
cuando los profesores le preguntan, de estar de espaldas
cuando la llaman y volverse. Lo que hice fue escribirle
una carta, Dios mío qué vergüenza,
y a pesar de que le advertí lo secretos que
eran mis sentimientos, que si no le interesaban no
se lo dijera a nadie, al día siguiente, cuando
entré en clase, todos se dieron la vuelta y
me miraron entre cuchicheos y sonrisitas ahogadas
y cuando al rato entró Natalia, la clase estalló
en carcajadas y aplausos. Vaya bochorno. La odié,
por Dios que la odié. Daría dos años
de mi vida porque esto no hubiera sucedido. Menos
mal que podía contar con la amistad de Tito.
Y con el pueblo donde veraneo. Esa es mi casa. |