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| (Continuación...) LA CUADRILLA DE LOS
BUITRES NEGROS |
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología
y Profesor del Colegio ) |
Hasta hace poco los Buitres Negros éramos
sólo nosotros dos, Tito y yo, y unos chicos
del pueblo: Manolito el Lechuza, Vicente, Juanito
y Moncho. Luego, en la ciudad ya empezamos a reunir
chicos del colegio y del barrio y tuvimos que hacer
carnés con foto y todo. La cosa llegó
a tal extremo que hasta los primos de los buitres
socios querían unirse a la cuadrilla y tuve
que pedirle un fichero de cartón a mi padre.
Lo peor fue cuando las madres empezaron a hacer
presión y terminaron por obligarnos a meter
a todas las niñas del barrio que querían
entrar. Y así también fiché
a todas nuestras primas y a todas las niñas
del colegio y el fichero se desbordó. El
caso es que los verdaderos sabemos que somos los
verdaderos, porque nadie va a ir al pueblo a decirnos
que ellos también son buitres y que tienen
todo el derecho a conocer el mejor sitio donde se
cogen luciérnagas o se pescan carpas, faltaría
plus – que es una cosa que dice mi padre cuando
viene del almacén cabreado con el encargado,
y queda muy bien.
El nombre lo elegimos un día
el verano pasado que nos fuimos con su padre a ver
unas colmenas de su abuelo en el Cerro Alto.
Cerca hay un sitio entre jaras
donde la gente sube el ganado que se le ha muerto
de alguna triquinosis o cualquier otra infección
y no sirve para comerse, así que se lo dejan
a los buitres, a los grajos, a los milanos y a todo
el que aparezca que no sea muy escrupuloso, claro.
Huele un poco mal, pero está lleno de huesos
más blancos que la leche, con perdón.
Desde allí se ve la barranca del río,
donde anidan dos o tres parejas de buitres negros,
que decía su padre que la gente los llama
franciscanos por lo que se parecen a éstos
en la coronilla pelada y en el hábito. Entonces
decidimos que como nuestro colegio es de esa clase
de curas y que como sólo comen guarrerías
como dicen nuestras madres que hacemos nosotros,
pues eso.
¿Por qué no me han
dicho nada? ¿Acaso se han creído que
me pondría a llorar? Un Buitre Negro no llora
cuando alguien lo puede ver, aguanta como un valiente
el dolor por ahí dentro, no sé dónde.
Igual que en la película aquella de John
Wayne que fuimos a ver toda la cuadrilla el año
pasado al cine de la plaza. ¿O era Errol
Flynn? Bah, da lo mismo, me gustan los dos.
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Adverbios
de tiempo: “hodie, hoy, cras, mañana,
heri, ayer,
Nunc,
ahora, nunquam, nunca, tunc, entonces, ... SEMPER...” |
También
él odia el Latín. Aunque menos que yo,
porque a quien realmente odia a muerte es a su profe
de este año, el padre Joaquín. Apuesto
mi tirachinas contra su peonza a que el padre “Chindas”
el de reli e historia del año pasado, ya se
ha enterado. Y el resto de los más importantes
de la banda de la ciudad también. El padre
“Chindas” – le llamábamos
así por uno de los reyes godos con los que
nos dormía a la primera hora de las tardes
– era uno de los nuestros. Dice mi padre que
es un cura de los modernos. ¡Jo, y tanto! Hasta
nos dio una foto para que le hiciéramos el
carné de buitre honorario de la cuadrilla.
Él sí que parecía un Buitre Negro
de verdad con el hábito, la barba, la calva
pelona y esas gafas de culo de vaso que le hacen unos
ojos de lechuza como las que Manolito y su padre cogen
a lazo por la noche.
Parece que hoy sólo hablan
por lo bajini y al oído, como las viejas de
aquí. ¡Viejas desdentadas! ¡Cotillas!
Un fin de semana que vinimos antes de las Pascuas
hasta le dijeron a mi madre que nos habían
visto fumar en el granero de un tío de Tito.
¡Como no fuera la hoguera que prendimos en Noviembre
por San Andrés, el patrón del pueblo!
¡Banda de cornejas que huelen a sobaquina y
a pedo! Todas las viejas huelen igual. Bueno, todas
menos mi abuela. Mi abuela huele al limonero del patio,
y otras veces a espliego, a leña, a jamón
y a pimentón. No sé. Huele bien. Huele
como su hija, mi madre, claro, pero más fuerte,
más concentrado. Los años, supongo.
No como la mocosa de mi hermana, que todavía
es muy pequeña para heredar ese olor de las
mujeres de la familia, y hasta hace nada olía
todo el tiempo a caca o a agua de colonia. ¡Puaggg!
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