—¡Eres
inútil, Vicente, de nuevo te has olvidado de
bajar la basura y el camión ya ha pasado! —le
había espetado Berta a bocajarro, entrando
manos en jarra en el salón.
Y él, tirado como estaba
en su sillón de eskay frente a la tele, contagiado
de arrojo por el galán de la pantalla —que
intentaba alcanzar a galope tendido un tren en el
que viajaba secuestrada su amada—, sin responder
palabra, se levantó de un brinco, atravesó
el pasillo en dos zancadas, cogió del suelo
de la cocina una bolsa en volandas, le ató
un nudo mientras bajaba de tres en tres las escaleras
y se plantó en la calle.
Calculó que haría
unos diez minutos que el camión había
pasado. Conocía bien el recorrido del vehículo
municipal de su época de bebedor nocturno:
a aquellas horas estaría, seguro, al principio
de la calle Inés de Castro, así que
tendría que correr un buen rato si quería
conseguir alcanzarlo.
Al ir a doblar la esquina, le pareció
oír que Berta le llamaba desde la ventana,
pero ya estaba demasiado lejos para entender sus palabras.
Seguramente quería desalentarle, no le creía
capaz de tal hazaña, o quizá había
salido poco abrigado, o ... En efecto, la noche estaba
bien fría y, por un momento, Vicente estuvo
a punto de regresar. Además, se comparó
con el héroe de la película, y ciertamente,
era bastante distinto perseguir a un camión
de la basura y a pie, que a un tren con una amada
y a caballo. Sin embargo, a pesar de las dudas, había
continuado, porque ya estaba en Pla y Cancela y a
punto de alcanzar la Ronda de Nelle.
La calle estaba vacía, y
sus pasos apresurados resonaban en el asfalto. Un
perro, excitado quizá por el olor de las sobras,
comenzó a perseguirle, ladrando furioso, justo
cuando Vicente, al final ya casi de la calle Inés
de Castro, había visto desaparecer el camión,
que doblaba la esquina de Ronda de Nelle con Río
Eume. El animal acabó por hincarle los dientes
en un tobillo y en el momento en que, retorcido de
dolor, Vicente se había parado, el can aprovechó
para hacer un agujero en la bolsa de plástico.
Algo se había caído y, complacido, el
perro se retiró a comerlo.
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