Cojeando
y sudoroso, Vicente había continuado: ahora
que había visto el camión no podía
abandonar su empeño. Sabía que la
recogida de basuras proseguía, al terminar
la calle Río Eume, por Ramón Cabanillas
y Estrada Catoira hasta Menéndez Pidal, así
que su estrategia estaba en atajar subiendo por
el Parque de San Pedro.
Entre los árboles, una
pareja de enamorados suspendió por unos momentos
su pasión para asistir al paso de aquel cojo
extraño que, a media noche, corría
con gran afán y respirar bronquítico
por los jardines, llevando a rastras una bolsa de
plástico con un agujero, por el que de vez
en cuando caían cosas variopintas.
Al llegar a la Plaza de Cuatro
Caminos, Vicente sentía que sus jadeos entrecortados
se le multiplicaban y le crecían en la cabeza
hasta llenársela entera con su respiración.
Allí, en medio, estaba
la gran fuente, Sin pensarlo dos veces y para no
perder la línea recta, Vicente se dispuso
a atravesarla a nado y lo hizo, como quien atraviesa
el Mississippi, salvando la bolsa con un brazo en
alto.
Y ahí fue cuando empezó uno de sus
problemas más graves, porque Vicente no recordó
que el Gobierno Militar se encontraba enfrente de
la fuente hasta que no estaba saliendo de ella y
escuchó las voces de alto de los soldados
de guardia.
Empapado, con la garganta rota
y ensangrentado el tobillo, continuó su camino
—mientras oía tras de sí varios
disparos—, camuflándose por detrás
de los Juzgados de Primera Instancia.
Con la Policía Militar
pisándole los talones, llegó Vicente
a la calle Menéndez Pidal, a través
de Coronel Artime. Miró a ambos lados, y,
a la izquierda, ya casi en la esquina con la Plaza
de la Paz, vio por fin el camión.