Dispuesto
a coronar su hazaña, quiso correr frenéticamente
el último tramo, pero en mitad de su «sprint»
escuchó tras de sí un familiar tintineo:
se le habían caído del bolsillo las
llaves. Volvió sobre sus pasos, las recogió
enseguida y decidió —siguiendo de nuevo
su marcha— llevarlas en la mano, para evitar
otro retraso innecesario.
Corrió y corrió
como se corre en los sueños —con la
sensación de mover sin cesar las piernas
y la certeza de que, sin embargo, uno no avanza—,
hasta que, al fin, consiguió alcanzar el
camión de sus desvelos.
Las pocas fuerzas que a Vicente le quedaban las
empleó en arrojar con rabia entre los desperdicios
lo que de bolsa quedaba. Al tiempo que una tufarada
a vinagre, leche fermentada, pescado y gasolina
le hacía tambalearse, Vicente supo, cuando
ya el llavero salía volando de sus manos,
que junto con la bolsa estaba arrojando también,
y sin querer, el manojo de llaves. Vio incluso por
un instante su brillo metálico yendo a parar
entre el revoltijo de deshechos y mondaduras, y
de forma instintiva quiso alargar su brazo para
rescatarlas, a la vez que gritaba desconsolado las
pu... llaves. Era inútil. Su voz fue ahogada
por el ruido del motor del camión y el del
mecanismo de demolición, aún más
atronante.
Pero Vicente aquella noche se
sentía intrépido, así que se
subió como pudo al guardabarros del camión
y encorvó su cuerpo, asomándose hacia
el abismo oscuro y maloliente como una cloaca que
se le abría delante. Seguía sin perder
de vista su llavero, que brillaba tímidamente
entre vísceras podridas y cabezas de pescado.
Con la mirada fija en aquel punto, no vio que desde
arriba y por detrás de su cuerpo bajaban
a cerrarse las fauces cariadas y oscuras de la máquina,
y sin entender qué le ocurría, sintió
que una mano gigante y poderosa lo catapultaba,
como una bolsa de basura más, yendo a caer
de bruces al estómago de aquella ballena
putrefacta