Pateó
desesperadamente entre una masa confusa y viscosa,
hecha de verduras maceradas, entrañas, gusanos,
moscas y cartones mojados, y pensó que se
ahogaba. Cuando logró ponerse en pie, apoyándose
en algo duro —probablemente una caja o un
tablón—, sintió la vibración
del camión, que ya se había puesto
en marcha. El hedor era insoportable, enervante.
Para poder respirar, se acercó estirándose
a una ranura del contenedor, desde la que pudo ver
la ciudad alejándose. Así, agarrado
a un hierro y más o menos de pie, consiguió
mantenerse hasta que el vehículo llegó
al Vertedero.
Entonces, hubo de concentrarse
para saltar sólo unos segundos después
de que hubiera sido accionado el mecanismo de descarga,
evitando con ello ser sepultado por aquella vomitona
caliente y agria, hecha de todo lo que la ciudad
descartaba de sí. Los basureros municipales
se quedaron estupefactos: ¿Quién era
aquel ser rezumante y oscuro que salía del
camión corriendo y cojeante, sin decir absolutamente
nada?
Caminó hasta el amanecer,
dejando tras de sí en la carretera un rastro
de bilis, jugo de cebolla y grasa. Ya en Coruña,
desanduvo lo andado, evitando la Plaza de Cuatro
Caminos.
Lo que más le aterraba
era tener que despertar a su mujer, al haber perdido
las llaves. Aunque, quizá, ella se impresionara
con la historia y le curase las heridas, como hacen
en las películas las heroínas con
sus amantes.
Llamó al timbre despacio,
y poco después, el rostro ceñudo de
Berta apareció tras la puerta:
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—¡Eres
inútil, Vicente! ¡Te has llevado
la bolsa con la compra! ¡La de la basura
es ésta! |