martes, 07 de octubre de 2008
 
Mi angelito
Deuda Pendiente
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Durante una breve etapa de mi vida, entre los diez y once años, el deporte que más practicaba era una variante del rugby:

    Dos equipos de seis jugadores cada uno, integrados principalmente por amigos y compañeros de clase, contendíamos en dura lid sobre la explanada del parque de Santa Margarita. La reglas del juego eran sencillas:

    Cada equipo debía evitar por todos los medios a su alcance que el rival avanzase hacia su área, donde se hallaba un círculo grande trazado con tiza sobre el suelo,  y dentro del cual el equipo rival debía depositar el balón deshinchado para ganar el punto. Para avanzar hacia el área rival,  debíamos pasarnos el balón con las manos,  teniendo cuidado de no utilizar las otras
partes del cuerpo,  las cuales quedaban a merced de los golpes,  placajes y zancadillas con los que desinteresadamente nos obsequiábamos.  A su vez,  esas zonas corporales cumplían lasfunciones de escudo,  escoba o ariete.

   Sí, podía parecer brutal y violento.  Pero para nosotros era algo más:  era brutal, violento y
sucio,  la base de los anuncios de detergentes.

   Mi madre pensaba que lo que hacíamos aquellas tardes del fin de semana era jugar al fútbol.

   Hasta que un día descubrió la verdad por boca de una vecina que acudía con frecuencia al parque y que se extrañó una tarde al comprobar que el hijo menor de esa maestra tan respetable y simpática se encontraba debajo de una pila de niños vociferantes y arrebatados abrazado a un balón en forma de huevo.

   Ese día, ya de vuelta en casa, jugué la segunda parte del partido en un campo donde el
reglamento había sido considerablemente modificado:


   1. El balón de juego guardaba un asombroso parecido con una zapatilla.

   2. Mi madre había otorgado al juego un carácter individualista, al estar siempre ella en posesión de la zapatilla.

   3. Jugaba con una abrumadora ventaja ya que la táctica ofensiva que desarrollaba no permitía que yo me aproximase a su terreno, consiguiendo, con ello, un doble objetivo: limitar mi capacidad de reacción (apenas podía articular excusa alguna ya que mis frases quedaban incompletas) y reducir mi espacio de evasión (a medida que retrocedía el número de habitaciones en las que podía resguardarme descendía).

   4. No necesitaba de ningún equipo para llevar a cabo su estrategia. Todas las demarcaciones
estaban concentradas en una sola persona.

   5. Jugaba del tal modo y con tal superioridad que no se te pasaba por la cabeza pedirle la
revancha.


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