Durante
una breve etapa de mi vida, entre los diez y once
años, el deporte que más practicaba
era una variante del rugby:
Dos equipos de seis jugadores
cada uno, integrados principalmente por amigos y
compañeros de clase, contendíamos
en dura lid sobre la explanada del parque de Santa
Margarita. La reglas del juego eran sencillas:
Cada equipo debía evitar
por todos los medios a su alcance que el rival avanzase
hacia su área, donde se hallaba un círculo
grande trazado con tiza sobre el suelo, y
dentro del cual el equipo rival debía depositar
el balón deshinchado para ganar el punto.
Para avanzar hacia el área rival, debíamos
pasarnos el balón con las manos, teniendo
cuidado de no utilizar las otras partes
del cuerpo, las cuales quedaban a merced de
los golpes, placajes y zancadillas con los
que desinteresadamente nos obsequiábamos.
A su vez, esas zonas corporales cumplían
lasfunciones
de escudo, escoba o ariete.
Sí, podía parecer
brutal y violento. Pero para nosotros era
algo más: era brutal, violento y sucio,
la base de los anuncios de detergentes.
Mi madre pensaba que lo que hacíamos
aquellas tardes del fin de semana era jugar al fútbol.
Hasta
que un día descubrió la verdad por
boca de una vecina que acudía con frecuencia
al parque
y que se extrañó una tarde al comprobar
que el hijo menor de esa maestra tan respetable
y simpática se encontraba debajo de una pila
de niños vociferantes y arrebatados abrazado
a un balón en forma de huevo.
Ese día, ya de vuelta en
casa, jugué la segunda parte del partido
en un campo donde el reglamento
había sido considerablemente modificado:
1. El balón de juego guardaba
un asombroso parecido con una zapatilla.
2.
Mi madre había otorgado al juego un carácter
individualista, al estar siempre ella en posesión
de la zapatilla.
3.
Jugaba con una abrumadora ventaja ya que la táctica
ofensiva que desarrollaba no permitía que
yo me aproximase a su terreno, consiguiendo, con
ello, un doble objetivo: limitar mi capacidad
de reacción (apenas podía articular
excusa alguna ya que mis frases quedaban incompletas)
y reducir mi espacio de evasión (a medida
que retrocedía el número de habitaciones
en las que podía resguardarme descendía).
4. No necesitaba de ningún
equipo para llevar a cabo su estrategia. Todas las
demarcacionesestaban
concentradas en una sola persona.
5. Jugaba del tal modo y con tal
superioridad que no se te pasaba por la cabeza pedirle
la revancha.