martes, 02 de diciembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...) Deuda Pendiente
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Tampoco mi hermano se escapaba a los efectos terapéuticos de la zapatilla. Pero él era más rápido y más ágil y cuando la zapatilla de mi madre no llegaba a su destino, cosa que ocurría con cierta frecuencia, ella se sentaba derrotada en una silla y pronunciaba el que yo creí durante mucho tiempo que era el nombre de mi hermano. Sí, mi hermano tenía un nombre compuesto: “¡seráposible!”.

Siempre que se dirigía a él, empleaba ese nombre.

  - ¡Seráposible!, ¿Quieres devolverle la escopeta de balines a tu hermano?.

   Mi madre también siguió esta regla conmigo, pues a veces me daba un nombre terminado en “o” ( aunque hay que admitir que este nombre era un poco excepcional). Me llamaba “Dios mío”. No obstante, a veces, mi madre nos confundía. Un día llegué a casa con las botas completamente embarradas y, ante dicho panorama, sentenció:

  - ¡Será posible!.
  - Soy Dios mío, mamá –contesté yo.

   A pesar de los nombres que mi madre nos daba a mi hermano y a mí, se esforzaba seriamente por no maldecir, esfuerzo que con frecuencia la dejaba incapaz de expresarse. La obligación de suprimir las vulgaridades que tanto hubiera deseado gritarnos la reducía a proferir cosas como : “Si tú alguna vez... porque que me... si me... habráse visto el... este... y te juro que... como te coja te...”. Le hacíamos tragar las maldiciones como si fueran pastillas para la tos. De hecho, pasé muchos años creyendo que mi madre era una mujer incapaz de terminar una frase. Lo que me extrañaba era que fuese profesora. Y también me resultaba chocante el hecho de que a veces la veía sentada sola en su habitación hablando consigo misma, como si el enemigo estuviera allí: “¿Qué significa eso de que no quieres hacerlo?”. “¡Cuando te digo que hagas algo, lo haces enseguida y sin rechistar!”. Estos monólogos maternales se enriquecían muchas veces con una encantadora represalia:”¡Ojalá que cuando os caséis y tengáis hijos, se comporten igual que vosotros!”, (y por supuesto, la maldición se cumple siempre, demostrando que Dios no carece de sentido del humor).


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