martes, 02 de diciembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...) Deuda Pendiente
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

Ante estas situaciones, mi padre casi siempre reaccionaba con un indiferente estoicismo:

   Un día en que él estaba leyendo en el salón, mi hermano y yo llegamos al convencimiento de que podríamos jugar al fútbol sin romper nada. Cuando lancé un balón que cambió por completo el diseño de una jarrita de cristal, mi madre entró blandiendo el bastón del abuelo y me gritó:

  -¡Dios me perdone, porque voy a partirte en dos!

   Sin levantar la cabeza de su libro, mi padre le preguntó:

  -¿Es que no tienes suficiente con uno?

   De todas formas, para ser completamente fieles a la verdad, estas eran ocasiones contadas y el lugar habitual de la zapatilla de mi madre era su pie derecho. No sé si aquellos castigos (recuerdo uno que me impidió asistir al cine durante dos años) me enseñaron alguna lección. De lo que sí estoy seguro es de que cuando paso una revista mental rápida a todos esos años me quedo con la sensación de desear ansiosamente devolver con altos intereses de cuidado y atención los créditos sin interés que ella me concedió: El crédito de dejarme ocultar dentro de un armario o debajo de una cama al jugar juntos al escondite, latiéndome fuerte el corazón y conteniendo el aliento. El crédito de iluminar mis noches de
pesadillas con su presencia inmediata ante mi apremiante llamada. El crédito de oírle con insistencia y preocupación su advertencia de “¡sentido, eh!” al salir de noche o cuando me escapaba de excursión durante unos días con los amigos. El crédito de recordarme que cuando saliera a la calle por la mañana temprano me tapase bien la garganta con la bufanda. Y el crédito de tenerla, estando en la cama enfermo, a mi lado, con su mano izquierda posada sobre mi frente y su mano derecha sosteniendo en alto el termómetro que tan atentamente observaba, oírle susurrar palabras de consuelo y llenas de calor y sincronizar mi respiración con la suya hasta quedarme dormido.

   Sólo le pido a Dios que le conceda a la propietaria de estos créditos un plazo suficiente de tiempo para que yo pueda devolvérselos. Pongamos... indefinido.


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