sábado, 31 de julio de 2010
 
Mi angelito
EL HUECO COLMADO
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Jaime, tras concluir su turno laboral a las seis de la mañana, cubre el largo trayecto que le separa hasta su casa en autobús y llega allí entre las siete menos cuarto y las siete, a veces un poco antes, otras un poco después de la hora habitual en la que debe despertar a Elisa, su mujer.

   Elisa, tras notar el zarandeo imperioso con que le obsequia Jaime, pues hoy ha llegado un poco más tarde, quiere seguir exprimiendo hasta el último segundo ese sueño espeso de las primeras horas de la mañana, hundiendo la cara en la almohada, ovillándose más bajo las sábanas. Otra sacudida, esta vez más cariñosa, subraya el  pensamiento de Jaime: “vamos, dormilona, arriba que ya es la hora”. A medida que se despereza, Jaime le acerca la bata para que ella, ya tanteando, meta a ciegas los brazos en sus mangas, el pelo caído y enmarañado sobre los ojos, y encaje torpemente los pies en las chanclas. Mientras Elisa se lava, Jaime en la cocina saca los recipientes vacíos de la bolsa que lleva al trabajo: la fiambrera, el termo, y los deposita en el fregadero. Enciende  el calentador y prepara el café para ella.  

   En cambio, otras veces, durante los fines de semana, se levanta él antes y al rato la despierta con esa taza de café que ahora  prepara en la cocina; entonces todo es más natural, la mueca al salir del sueño adquiere una especie de perezosa dulzura, las palmas de sus manos que estiran parsimoniosamente la piel de su rostro aún dormido, los ojos que se abren y se cierran intermitentemente  entre los dedos, los brazos que se levantan para estirarse, desnudos, y que acaban por ceñirse al cuello de él, provocando un abrazo calmoso, intenso y de un adormecimiento paralizador, y una vez sí y otra también, el café derramado por el suelo.        

   Ahora Jaime ya tiene el café preparado para ella y coge de la alacena una bolsa de mantecados, la abre y coloca cuatro en un platillo al lado de la taza de café. A esa hora la casa está siempre mal caldeada; pero Elisa, semidesnuda, estremeciéndose de frío, se lava en el pequeño cuarto de baño. Llega él con más calma, se desviste y se lava también, quitándose el polvo y la grasa del taller. Al estar así los dos junto al mismo lavabo, medio desnudos, completamente ateridos, propinándose empellones, quitándose de las manos el jabón, o el dentífrico, salpicándose o cubriéndose las cabezas con las toallas, llega el momento de la intimidad, y a veces, frotándose mutuamente la espalda, se insinúa una caricia y terminan abrazados...


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