viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito

(Continuación...) EL HUECO COLMADO
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Pero de pronto Elisa reacciona y se da cuenta de que se le está haciendo tarde. Corre a ponerse las medias, la falda, a toda prisa, de pie, la blusa, la chaqueta, y con el cepillo yendo y viniendo por el pelo, y adelanta la cara hacia el espejo de la cómoda, con las horquillas apretadas entre los labios, se abotona, se calza, entra en la cocina, él la sigue, de un trago el café, acomoda el mantecado entre los dientes, coge más, mujer, llévate los otros para el camino, no, deja, con este me llega, y señala con el dedo el que tiene en la boca, se pone el abrigo, en sus manos se concentran atropelladamente consignas e indicaciones, haz esto, no te olvides de lo otro, se dan un beso, abre la puerta y ya se la oye bajar corriendo las escaleras.                 
                  
   Jaime queda solo. Sigue el ruido de los tacones de Elisa peldaños abajo, y cuando deja de oírlo, la sigue con el pensamiento, los pasos apresurados por el patio, el vestíbulo, el portal, acabando de digerir el mantecado, subiéndose el cuello del abrigo, tropezando con alguna gente por la acera, llegando a la parada del autobús, subiéndose en marcha, resoplando al mismo tiempo los dos: “lo he cogido”, piensa ella, “lo ha cogido”, piensa él y ve a su mujer apretujada entre la multitud de trabajadores y trabajadoras en el “ocho”, que la lleva a la fábrica como todos los días. Jaime baja las persianas, la habitación queda a oscuras, se pone el pijama, se mete en la cama.

   La cama está tal como la ha dejado Elisa al levantarse, pero de su lado, el de Jaime, está casi intacta, como si acabaran de hacerla. El se acuesta por su lado, pero poco después estira una pierna hacia el otro, donde aún perdura el calor de su mujer, después estira la otra pierna también, y así poco a poco se desplaza con todo el cuerpo hacia el lado de Elisa, hacia ese nicho de tibieza que conserva todavía la forma del cuerpo de ella, y hunde la cara en su almohada, en su perfume, y se duerme.

Cuando vuelve Elisa, por la tarde, Jaime ya lleva un buen rato trasegando por la casa: ya ha encendido la estufa y preparado algo de comer. En esas horas previas a la cena, él realiza ciertos trabajos, como hacer la cama, barrer las habitaciones, y hasta poner en remojo la ropa para lavar. Elisa encuentra luego todo mal hecho, pero no por ello él se esmera más; lo que él hace es seguir un ritual para esperarla, casi como salirle al encuentro sin abandonar las paredes de la casa, mientras afuera, en la calle, se encienden las luces y ella va de tienda en tienda haciendo la compra.            

 


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