martes, 02 de diciembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación... ) EL HUECO COLMADO
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Por fin oye sus pasos por la escalera, muy distintos de los de la mañana; ahora son pesados, lentos, porque Elisa viene cansada del trabajo y cargada con la compra. Jaime sale al rellano, le quita de la mano la cesta, la rodea por la cintura, la besa, entran en la casa. Elisa se deja caer en una silla de paja de la cocina, sin quitarse el abrigo, mientras él va desenvolviendo las compras. El se acerca a ella, le pasa sus manos cálidas por la cara, sus dedos surcan a modo de rastrillo su cabello, le besa las mejillas, masajea suavemente sus hombros, ella sonríe, qué bien, gracias, Dios mío, qué cansada te veo, le coge Elisa las palmas de sus manos y se las lleva a su boca, su mirada cobra vida, y luz, y se levanta, y se quita el abrigo, y se pone la bata. Empiezan a preparar la comida: cena para los dos, después el tentempié que él se lleva al taller para el descanso de las dos de la madrugada, el almuerzo que ella se lleva a la fábrica al día siguiente, y la comida para él, para cuando se despierte por la tarde.   

   Puesta la mesa, con todo listo y al alcance de la mano para no tener que levantarse, llega el momento en que él se siente inquieto porque le va llegando la hora de marcharse al taller, llega el momento en que los dos sienten la zozobra de tener tan poco tiempo para estar juntos, y casi no consiguen llevarse la comida a la boca de las ganas que tienen de estarse allí cogidos de las manos, unas manos ásperas que trabajan, unas manos portadoras de caricias, que expresan lo que no pueden decir con palabras, que  tienen la seguridad de que las palabras no aciertan a plasmar la riqueza y la profundidad de sus sentimientos, se miran, con esos ojos que transmiten el timbre, el tono, el matiz y la cadencia de las voces deshabitadas, que infiltran la alegría y el calor y la esperanza de seguir siempre juntos, la esperanza que pone alas a sus ilusiones, una segunda alma para los dos, un blando cojín sobre el que poder reclinarse en una adversidad que les ha sellado desde su nacimiento su voz y sus oídos. Y los dos piensan ahora en como esa adversidad les ha dejado en su infancia al único amparo de sus manos y sus gestos, con la imposibilidad de no sentir ritmos, ni melodías, ni proyectos bajo la luna, sólo percibir el ostracismo alrededor, los cuchicheos y las miradas de reojo arrojados desde las esquinas del colegio y de la calle, paladear la amargura de un mundo de deseos insatisfechos, contar sus pasos como resbalones. Ya está, se acabó, ya no hay espacio para la compasión, porque eso mantendría abiertas sus heridas de soledades pasadas, abiertos sus temores de no encontrar a alguien con quien traspasar ese gran muro de cemento estático y helado que se levantaba ante sus ojos llamado futuro. Ahora se asoman a algo que se podía llamar la vida por delante, recuperar el tiempo perdido y crear lazos, y ningún lazo une tan fuertemente dos corazones como la compañía en los dolores pasados, pero nada de sentir lástima, que la lástima es temor con máscara de cariño. Cuando uno ha sufrido mucho tiempo, llega un día en que se sorprende al no hallar huellas de su antiguo egoísmo ya que el dolor desgasta al yo y estar triste equivale a pensar en sí mismo. Se han devuelto las fuerzas que creían consumidas entre tantos muros de silencio y se han conjurado para sacudirse el peso de sus sombras y sus derrotas y apartar de un manotazo la tentación del abandono y el vacío. Ahora piensan que hablar sólo serviría para sofocar o interrumpir sus sentimientos. En cuanto los labios se adormecen, las almas despiertan y se ponen en movimiento. Han ganado la batalla, han dejado atrás sus islas y sus viejos fantasmas a merced de las olas. ...

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