El
viernes, cuando llegamos a casa del híper Nacho
y yo —Nacho cargado de “films”,
como él dice, para el “film de semana”,
como digo yo—, resulta que nos habían
robado el vídeo.
—¡Marga, Marga, el vídeo, que nos
han robao el vídeo!— oigo que me grita
Nacho desde el salón.
Total, que salgo corriendo de la
cocina y, cuando llego, lo encuentro, todo lo largo
que es Nacho, tendido en el suelo, que le había
dado un telele. Así que lo tuve que tumbar
en el sofá y liarme a darle tortas, que es
así como dicen que se vuelve antes en sí,
cuando uno queda inconsciente.
La verdad es que aproveché
y le arreé unas cuantas de propina, a qué
negarlo —haciendo durante un rato como que no
me daba cuenta de que ya estaba despierto—,
de la rabia que me entraba sólo con pensar
que era capaz de desmayarse por lo del robo del vídeo
y que cuando a mí me dieron el tirón
aquellos dos macarras en moto y me arrastraron buen
rato Ronda de Outeiro arriba, sin miramientos de ninguna
clase, el tío se tronchaba de risa, diciendo
que acababa de nacer conmigo el “esquí
asfáltico de culo y contra el viento”
y que qué cara de susto tan graciosa había
puesto, pena no haber tenido allí la cámara,
y yo, que muy agudo, venga a llorar, pero que se fuera
a freír monas, que si no tenía corazón
o qué, y él, pero mujer, Marga, si realmente
no te ha pasado nada, sólo ese par de rasguños
y el destroce del plumífero y total, aquel
bolso era horrendo, la verdad, y para un paquete de
kleenex, el bonobús y el tabaco ... y yo, que
el divorcio, que pedía el divorcio, que a mí
un tío gracioso pero sin alma no me interesaba
nada y que cuando éramos novios todo eran fru-frús
y atenciones, mi rosita de pitiminí, no se
vaya a lastimar con nada y que ahora menudo pitorreo
y que el muy falso nunca me había dicho lo
del bolso, y luego la guasa que se trajo toda aquella
semana y la siguiente (y la que se trae cada vez que
se acuerda), yo teniendo que comer de pie y durmiendo
entre almohadones.
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