| En
fin, una vez bien vuelto en sí Nacho, me pidió
con cara de circunstancias que le acercara la botella
del whisky y se bebió tres triples de tres
tragos. Después se quedó alelado, con
la mirada fija en el hueco del vídeo. Y en
esto veo que le aparece un lagrimón inmenso
por un ojo y luego otro también inmenso por
el otro y luego ya las cataratas del Niágara
por ambos, yo asombrada, mira que sólo lo había
visto llorar cuando lo de su madre.
—¡Qué desgracia, Dios mío,
qué desgracia, lo peor que nos podía
haber pasado!
Y yo:
—Hombre, Nacho, lo peor ... no exageres, peor
hubiera sido un accidente, una muerte, o que también
se hubieran llevado el microondas, el tocata, la tele
¡qué sé yo! ...
—Que sí, que sí —y recogía
con mimo las doce o trece películas (super-stars
por los suelos) que se habían caído
cuando lo del desmayo, que sí, que sí,
Marga, que es lo peor, lo peor, que te lo digo yo.
—Habrá que ir a poner la denuncia, eso
sí.
—¡Qué denuncia! Esto es cosa del
Defensor del Pueblo.
—Hijo, Nacho ...
—Que sí, que sí, tú déjame
a mí ... —arrastrando la lengua.
—Pues, anda, como si no tuviera cosas más
importantes, digo yo, de las que preocuparse ese señor,
¿eh? Si todo quisque al que le roben el vídeo
o la radio del coche —empezaba yo a tratarlo
como a un niño—, le escribe al Defensor,
no gana para disgustos el pobre hombre, date un poco
cuenta, Nacho.
Entonces se abrazó a mí,
gimiendo jadeante, hiposo.
—¡Tienes razón, pobre Defensor
del Pueblo, ay, ay, pobre pueblo!
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