—Bueno,
mira, ahora ya se nos ha hecho muy tarde, ¿eh?,
y has bebido demasiado. Lo mejor que hacemos es
acostarnos y mañana pensamos qué hacer,
cómo “enfocarlo”, ¿te
parece?
—No ... Yo me quedo —rotundo. Quizá
el ladrón vuelva arrepentido. Quiero estar
aquí. Nos veremos las caras. Es despiadado,
inhumano, es bestial lo que nos ha hecho, dejarnos
sin el vídeo y encima en fin de semana.
—Oye, yo me acuesto. Quédate tú
un poco más si quieres, pero no demasiado,
acuérdate que has sufrido un desmayo, tienes
que descansar.
Me dormí sola, como todas las noches, con
la diferencia de que hoy no era el vídeo,
sino su falta, el motivo de mi soledad. Tardé
en conciliar el sueño y cuando lo hice, yo
era una boxeadora y debía enfrentarme en
el cuadrilátero con todas: Rita, Greta, Grace,
Marilyn, Sofía, Kim, Kelly, Ornella, Ingrid,
Lauren, Michelle, Isabella ... Iban pasando una
a una, triunfadoras. El público las ovacionaba.
A ninguna de ellas se le estropeaba el maquillaje,
ninguna sudaba, ninguna se despeinaba, a pesar del
combate ... Me despertó, a eso de las seis,
un puñetazo de Ava en pleno vientre. Me sentí
extenuada, tenía todo mi cuerpo dolorido
y un aspecto horrible. Entonces oí que él
seguía gimiendo en el salón y ponía
una y otra vez el mismo disco, “cine, cine,
cine, cine, más cine por favor, que la vida
es sólo cine, y los sueños, cine soon
...”
Estaba escrito: Me levanté despacio, busqué
mi bata y mis zapatillas y me dirigí serena
a la despensa. Acerqué una silla para llegar
al altillo y me subí a ella lentamente. Alcé
las manos y palpé: allí seguía,
donde yo lo había dejado. Tiré de
él y lo cargué en mis brazos, como
quien transporta una pesada tarta, con cuidado para
no estropearla. Atravesé solemne el pasillo,
a pasos largos, pausados, como de procesión
de Pascua, y empujé suavemente con el pie
la puerta del salón.
Nacho, al verme entrar —había acabado
la botella de whisky y ya tenía una de ron
mediada, brincaba, bravo, bravo, a mi alrededor,
me dedicaba aplausos ... Babeaba.