—¿Lo
has matado?
—¿Matado?
—Al ladrón.
—Ah, sí claro ...
—Heroína, que eres una heroína.
Se lo enchufé, le introduje
una cinta (“No hay salida” rezaba la
carátula), le puse el mando a distancia —botón
que domina el mundo— en una mano, acaricié
su incipiente calva como quien acaricia la cabeza
de un niño y salí del salón
sin hacer ruido. Comenzaba, inevitable, irremediablemente,
otro “film de semana”.
Desde la cama, escuché
el rugido del león de la Metro. Después,
las risotadas y los palmoteos de un loco enardecido.
«THE END»