lunes, 13 de octubre de 2008
 
Mi angelito
La Isla Rebelde
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )
   Colocada mansamente allí donde el destino la había puesto, Menorca no era feliz ni tampoco desgraciada. Hace tiempo que los geógrafos declararon de una vez por todas cuál era el lugar de cada cosa; el mundo está atrapado por redes de carreteras, letreros y coordenadas, y la gente de bien duerme tranquila. Sol y luna, alternativamente, trazaban a su alrededor pausados círculos; al día seguía la noche, y a ésta el amanecer; a mediodía, todos los campanarios tocaban, al unísono, las doce. Todo estaba en orden. Sólo que a veces, mirándose en el agua, le parecía que su imagen se iba desvaneciendo. Entonces repetía en voz alta, intranquila, su nombre, y su nombre le sonaba vacío, una cáscara hueca; y en el agua no veía su reflejo, sino sólo el plácido vaivén de las redes de luz sobre las olas.

   Pero una noche ocurrió algo imprevisto: vio llorar a la luna. ¿Tendría penas de amor? Estaba enrojecida, y por las mejillas lisas y brillantes le resbalaban lágrimas de luz, que iban a caer al mar con un murmullo. Sin pensarlo dos veces pegó un tirón, para acercarse a ella.

   Pero eran muchos los siglos de inmovilidad y asentamiento, de imperceptibles vínculos que iban llenándose de herrumbre y la apresaban. Tiró más fuerte, desesperada de impaciencia, la vista fija en la luna lejana –no sabía que se hallaba tan sólidamente anclada, tan esclava-, hasta arrancar de cuajo, por sorpresa, sus raíces de roca. Y cuando quiso darse cuenta, se encontró navegando libremente, a la deriva. El viento alborotaba su cabellera verde, y le ardían, de emoción, las mejillas de piedra.

   En el fondo del mar, las algas se peinaban con sus peines de nácar. Caracolas soñaban sueños en espiral; las ostras arrullaban, con canciones de cuna, a sus pequeñas perlas; caballitos de mar dormían en sus establos, y los peces-martillo descansaban de su honrada labor de carpinteros. A todos les pasó desapercibida la inmensa sombra que se deslizaba sobre ellos en silencio, llevando a cuestas calles y farolas, habitantes dormidos y sus sueños, plazas desiertas con murmullos de fuentes, y gatos sigilosos bailando en los tejados.

   Perdida con delicia en medio de lo oscuro, tímida y exaltada, ella olvidó la luna –oculta ahora tras ropajes de nubes-: el azar ponía de súbito a su alcance el mundo entero, otros mares y costas, todas las maravillas con las que alguna vez había soñado.


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