Colocada
mansamente allí donde el destino la había
puesto, Menorca no era feliz ni tampoco desgraciada.
Hace tiempo que los geógrafos declararon de
una vez por todas cuál era el lugar de cada
cosa; el mundo está atrapado por redes de carreteras,
letreros y coordenadas, y la gente de bien duerme
tranquila. Sol y luna, alternativamente, trazaban
a su alrededor pausados círculos; al día
seguía la noche, y a ésta el amanecer;
a mediodía, todos los campanarios tocaban,
al unísono, las doce. Todo estaba en orden.
Sólo que a veces, mirándose en el agua,
le parecía que su imagen se iba desvaneciendo.
Entonces repetía en voz alta, intranquila,
su nombre, y su nombre le sonaba vacío, una
cáscara hueca; y en el agua no veía
su reflejo, sino sólo el plácido vaivén
de las redes de luz sobre las olas.
Pero una noche ocurrió algo
imprevisto: vio llorar a la luna. ¿Tendría
penas de amor? Estaba enrojecida, y por las mejillas
lisas y brillantes le resbalaban lágrimas de
luz, que iban a caer al mar con un murmullo. Sin pensarlo
dos veces pegó un tirón, para acercarse
a ella.
Pero eran muchos los siglos de inmovilidad
y asentamiento, de imperceptibles vínculos
que iban llenándose de herrumbre y la apresaban.
Tiró más fuerte, desesperada de impaciencia,
la vista fija en la luna lejana –no sabía
que se hallaba tan sólidamente anclada, tan
esclava-, hasta arrancar de cuajo, por sorpresa, sus
raíces de roca. Y cuando quiso darse cuenta,
se encontró navegando libremente, a la deriva.
El viento alborotaba su cabellera verde, y le ardían,
de emoción, las mejillas de piedra.
En el fondo del mar, las algas se
peinaban con sus peines de nácar. Caracolas
soñaban sueños en espiral; las ostras
arrullaban, con canciones de cuna, a sus pequeñas
perlas; caballitos de mar dormían en sus establos,
y los peces-martillo descansaban de su honrada labor
de carpinteros. A todos les pasó desapercibida
la inmensa sombra que se deslizaba sobre ellos en
silencio, llevando a cuestas calles y farolas, habitantes
dormidos y sus sueños, plazas desiertas con
murmullos de fuentes, y gatos sigilosos bailando en
los tejados.
Perdida con delicia en medio de
lo oscuro, tímida y exaltada, ella olvidó
la luna –oculta ahora tras ropajes de nubes-:
el azar ponía de súbito a su alcance
el mundo entero, otros mares y costas, todas las maravillas
con las que alguna vez había soñado.
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