viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...) La Isla Rebelde
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Iría a ver la Costa Azul, con sus playas de fina arena azul. Visitaría la Costa Dorada: vería arena de oro, rocas de plata y pinos de esmeraldas. Y la Costa del Sol, donde se acuesta el sol todas las noches, abrazado a una almohada púrpura de nubes, a la hora en que la luna, con su corte de estrellas, zarpa para surcar serenamente el cielo. ¡Conocería otros mares! El Mar Rojo, bajo una bóveda celeste roja de día y por las noches blanca, crestas de espuma negra sobre las olas rojas, y cangrejos azules y mejillones blancos. El Mar Negro... sería exótico y fiero; había oído hablar de su Cuerno de Oro. ¡Un mar negro y altivo, rematado por un asta dorada y retorcida, igual que un unicornio!

   ¿Y el Mar Muerto? Estaría quieto y frío, pobrecito, enterrado bajo una lápida de mármol –una lápida inmensa, lo bastante grande para contener todo un mar muerto, con sus olas inertes, ballenas boca arriba y algún pálido cadáver de sirena-. Sobre la gigantesca losa, una inscripción: “Aquí yace el Mar Muerto. q.e.p.d.” Le daba lástima el Mar Muerto. Quería conocerlo y acompañarlo en su dolor. Le provocaba una tierna e intensa compasión.

   Empezaba a clarear, y no sabía dónde estaba.

   La noticia de la deserción de Mernorca, conocida aquella misma noche, cayó como una bomba en la Península. Sudorosos y medio enloquecidos, los Comandantes de La Marina tropezaban unos con otros dándose órdenes contradictorias, mientras las sirenas de los buques perdidos se hacían eco, como plañideras, en la niebla.

   El Presidente de la Conferencia Episcopal, al que compungidos monaguillos sacaron de la cama, redactó en zapatillas una homilía furibunda culpando al comunismo ateo de la perversión del Derecho Natural. El Consejo de Ministros, reunido con carácter de urgencia (bajo las arrugadas americanas asomaban solapas de pijamas de fantasía, y en la confusión nadie notó la presencia de un espía ruso debajo de la alfombra), redactaba uno tras otro comunicados tranquilizadores que acrecentaban la alarma entre la población. En medio de un pandemónium de gritos, llamadas telefónicas y télex, frenéticos periodistas revolvían el Cajón de los Tópicos y los Ficheros de Frases Hechas intentando componer, a tiempo para la edición de la mañana, editoriales grandilocuentes y severos que no dijesen estrictamente nada. Pero en el fondo de todas las conciencias, latía un mismo terror: todo lo que hasta entonces había sido inamovible y fijo –los obeliscos y las cordilleras, las tumbas y los semáforos, los puentes y los edificios- podía en cualquier momento comenzar, con perfidia inaudita, a desplazarse.


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