| Iría
a ver la Costa Azul, con sus playas de fina arena
azul. Visitaría la Costa Dorada: vería
arena de oro, rocas de plata y pinos de esmeraldas.
Y la Costa del Sol, donde se acuesta el sol todas
las noches, abrazado a una almohada púrpura
de nubes, a la hora en que la luna, con su corte de
estrellas, zarpa para surcar serenamente el cielo.
¡Conocería otros mares! El Mar Rojo,
bajo una bóveda celeste roja de día
y por las noches blanca, crestas de espuma negra sobre
las olas rojas, y cangrejos azules y mejillones blancos.
El Mar Negro... sería exótico y fiero;
había oído hablar de su Cuerno de Oro.
¡Un mar negro y altivo, rematado por un asta
dorada y retorcida, igual que un unicornio!
¿Y el Mar Muerto? Estaría
quieto y frío, pobrecito, enterrado bajo una
lápida de mármol –una lápida
inmensa, lo bastante grande para contener todo un
mar muerto, con sus olas inertes, ballenas boca arriba
y algún pálido cadáver de sirena-.
Sobre la gigantesca losa, una inscripción:
“Aquí yace el Mar Muerto. q.e.p.d.”
Le daba lástima el Mar Muerto. Quería
conocerlo y acompañarlo en su dolor. Le provocaba
una tierna e intensa compasión.
Empezaba a clarear, y no sabía
dónde estaba.
La noticia de la deserción
de Mernorca, conocida aquella misma noche, cayó
como una bomba en la Península. Sudorosos y
medio enloquecidos, los Comandantes de La Marina tropezaban
unos con otros dándose órdenes contradictorias,
mientras las sirenas de los buques perdidos se hacían
eco, como plañideras, en la niebla.
El Presidente de la Conferencia
Episcopal, al que compungidos monaguillos sacaron
de la cama, redactó en zapatillas una homilía
furibunda culpando al comunismo ateo de la perversión
del Derecho Natural. El Consejo de Ministros, reunido
con carácter de urgencia (bajo las arrugadas
americanas asomaban solapas de pijamas de fantasía,
y en la confusión nadie notó la presencia
de un espía ruso debajo de la alfombra), redactaba
uno tras otro comunicados tranquilizadores que acrecentaban
la alarma entre la población. En medio de un
pandemónium de gritos, llamadas telefónicas
y télex, frenéticos periodistas revolvían
el Cajón de los Tópicos y los Ficheros
de Frases Hechas intentando componer, a tiempo para
la edición de la mañana, editoriales
grandilocuentes y severos que no dijesen estrictamente
nada. Pero en el fondo de todas las conciencias, latía
un mismo terror: todo lo que hasta entonces había
sido inamovible y fijo –los obeliscos y las
cordilleras, las tumbas y los semáforos, los
puentes y los edificios- podía en cualquier
momento comenzar, con perfidia inaudita, a desplazarse.
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