La
policía recibió órdenes de
acordonar en toda España las plazas y los
parques, pues se temía que las figuras de
mármol y las esculturas de bronce, alentadas
–si llegaban a saberlo- por el pernicioso
ejemplo de la isla, se apearan tranquilamente de
sus pedestales para ir a acariciar a un perrito,
buscar setas, jugar al escondite, o aún peor,
revolcarse juntos debajo de los árboles.
Para mayor seguridad, se trabaron con grilletes
las patas de los caballos de las estatuas ecuestres.
En Barcelona, un pelotón de fusilamiento
apuntaba temblando metralletas a la estatua de Colón,
con orden de hacer fuego si le veían deslizarse,
como un niño travieso, por su columna abajo.
En Madrid, toda una División Acorazada custodiaba
a la augusta Cibeles; y en Santiago de Compostela,
el Ejército aterrorizado cavó trincheras
frente a la Catedral, que, de echar a andar, podía
provocar una catástrofe rodando por su inmensa
escalinata.
A la vista de tales preparativos,
pronto cundió el pánico entre los
honrados ciudadanos. Hasta los más valientes
se apresuraron a cerrar a cal y canto sus puertas
y ventanas, temerosos de asistir al espeluznante
espectáculo de calles invadidas por arcos
de triunfo, fuentes ornamentales y contenedores
tropezando en espantoso caos. Las familias que poseían
pianos los ataron con cadenas a la pared del comedor;
los niños, encantados, sugirieron inmediatamente
construirles casetas y ponerles a vigilar los hogares,
imaginando que, de advertir la presencia de un extraño,
romperían a ladrar furiosamente la Quinta
Sinfonía.
Por su parte, los sacristanes
concienzudos cerraron con doble llave las iglesias,
para evitar que escaparan al galope las hileras
de bancos, seguidos por altares, reclinatorios,
imágenes sagradas y pilas de agua bendita
saltando a la pata coja. Y cuando se empezó
a mirar con suspicacia, incluso, a los candelabros,
las lámparas de pie, los butacones, las sillas,
las mesas, los armarios de luna y las bañeras
que ocupaban los hogares donde la población
se refugiaba, brotaron síntomas de histeria
colectiva.
Era ya mediodía cuando
el Gobierno, sintiéndose al borde de la hecatombe
–pues era evidente que en el peor de los casos,
ni los campanarios que hubieran decidido salir a
ver mundo, ni los sillones Luis XV saltando a la
comba por las calles iban a respetar toque de queda
alguno-, decidió cortar por lo sano y mandó
quince buques de guerra a recuperar la isla rebelde.