viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...) La Isla Rebelde
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

     La policía recibió órdenes de acordonar en toda España las plazas y los parques, pues se temía que las figuras de mármol y las esculturas de bronce, alentadas –si llegaban a saberlo- por el pernicioso ejemplo de la isla, se apearan tranquilamente de sus pedestales para ir a acariciar a un perrito, buscar setas, jugar al escondite, o aún peor, revolcarse juntos debajo de los árboles. Para mayor seguridad, se trabaron con grilletes las patas de los caballos de las estatuas ecuestres. En Barcelona, un pelotón de fusilamiento apuntaba temblando metralletas a la estatua de Colón, con orden de hacer fuego si le veían deslizarse, como un niño travieso, por su columna abajo. En Madrid, toda una División Acorazada custodiaba a la augusta Cibeles; y en Santiago de Compostela, el Ejército aterrorizado cavó trincheras frente a la Catedral, que, de echar a andar, podía provocar una catástrofe rodando por su inmensa escalinata.

    A la vista de tales preparativos, pronto cundió el pánico entre los honrados ciudadanos. Hasta los más valientes se apresuraron a cerrar a cal y canto sus puertas y ventanas, temerosos de asistir al espeluznante espectáculo de calles invadidas por arcos de triunfo, fuentes ornamentales y contenedores tropezando en espantoso caos. Las familias que poseían pianos los ataron con cadenas a la pared del comedor; los niños, encantados, sugirieron inmediatamente construirles casetas y ponerles a vigilar los hogares, imaginando que, de advertir la presencia de un extraño, romperían a ladrar furiosamente la Quinta Sinfonía.

   Por su parte, los sacristanes concienzudos cerraron con doble llave las iglesias, para evitar que escaparan al galope las hileras de bancos, seguidos por altares, reclinatorios, imágenes sagradas y pilas de agua bendita saltando a la pata coja. Y cuando se empezó a mirar con suspicacia, incluso, a los candelabros, las lámparas de pie, los butacones, las sillas, las mesas, los armarios de luna y las bañeras que ocupaban los hogares donde la población se refugiaba, brotaron síntomas de histeria colectiva.

   Era ya mediodía cuando el Gobierno, sintiéndose al borde de la hecatombe –pues era evidente que en el peor de los casos, ni los campanarios que hubieran decidido salir a ver mundo, ni los sillones Luis XV saltando a la comba por las calles iban a respetar toque de queda alguno-, decidió cortar por lo sano y mandó quince buques de guerra a recuperar la isla rebelde.


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