Menorca
estaba excitadísima: acababa de vislumbrar
la antena de la estación de radio en la playa
de Pals, centelleante bajo el sol de la mañana,
y estaba convencida de que era el Cuerno de Oro.
No tuvo tiempo de comprobar su error. Desde uno
de los buques, un domador de tigres, contratado
para la ocasión por el Gobierno, le echó
encima una red colosal, haciendo gala de impecable
puntería. El país entero, atrincherado
tras puertas y ventanas tapiadas, entre cómodas
y sofás amarrados con sogas, seguía
por televisión los pormenores de la captura.
Menorca se dejó conducir dócilmente
a los muelles de Palma, donde la recibió
una banda de música militar entre los vítores
de la aliviada población. Luego, empavesada
de pies a cabeza y en un ambiente de euforia, fue
devuelta con toda solemnidad a su emplazamiento
exacto.
Puede decirse que todo ha vuelto
al orden, por mucho que haya todavía quien,
al ir a tomar una ducha, piense que el teléfono
le lanza a presión un escupitajo o por mucho
que algunos no puedan evitar un segundo de horrorosa
aprensión al abrir cada mañana los
postigos de las ventanas, temiendo ver un banco
del paseo trepando a una farola.
Desolada por el fracaso de su
inocente travesura, Menorca sigue sin entender lo
que ha ocurrido, y se pregunta a veces, melancólica,
quién le irá a llevar flores al Mar
Muerto.