El invierno unas
veces arrastra periódicos por el suelo y
otras llueve sin cesar sobre ellos diluyendo la
tinta que acaba por los desagües o pegada a
la suela de los zapatos mojados de atareados transeúntes.
A Santiago no le gusta la palabra vagabundo porque
le recuerda al jabón con olor a vieja de
los centros de acogida, a patatas caldosas y a la
gente que se aleja a su paso por las calles. Muchas
veces, llevado por agentes de la policía
local o por sus propios pasos que huían del
frío casi sin consultarle, ha tenido que
dormir en esa clase de antros; ha tenido que compartir
su tabaco con tipos que le insultaban y esperar,
en una jungla de ronquidos y calcetines sucios,
a que amaneciera por fin y poder salir a la calle,
humillado, con la raya del pelo bien hecha y un
par de magdalenas en la mano.
El invierno esta vez trabaja con
un frío que sale del centro de sus huesos
y lo llena todo, crece hacia el aire de ramas desnudas
y cristales empañados, y hace de la noche
un estanque de metal que hiela lo que roza. Hoy,
será porque se siente enfermo, lleva un día
más bien tonto, de esos en que se le enreda
a uno la nostalgia dentro desde primera hora de
la mañana y no hay quien se deshaga de ella.
Hace un rato, por ejemplo, iba pensando en la vez
que, siendo un crío, estuvo a punto de quedarse
congelado en medio de un frío como el de
hoy, pero en pleno campo, con su padre, que ahora
es sólo un rostro, más borroso que
tierno, que a veces, precisamente en los días
tontos, emerge como entre brumas; en cuanto su padre
cayó en la cuenta del estado en que se encontraba,
las cosas se arreglaron solas en un abrir y cerrar
de ojos, como por arte de magia. Entonces no estaba
solo.
Ser solitario, piensa, es habitar
más que nadie la memoria y el deseo y, en
cambio, haber desaparecido hace tiempo de los recuerdos
y las ganas de los demás; mucho más
que la soledad física, lo que duele es ese
estar ausente de todas las conciencias, no vivir
en cerebro ajeno, saber que no aparece tu nombre
escrito en ninguna agenda. Estar simplemente allí,
y en ninguna parte más, merendando las sardinas
con tomate que le sobraron ayer al bar de peor muerte,
en esa hora en que se esfuman los últimos
rastros de luz de la tarde y nota cómo la
fiebre empieza a subirle desde las rodillas y, atravesando
un hígado acartonado y roto, se le agarra
a la garganta y a los ojos, se asoma al mundo por
él y en su lugar se agota.
Está claro que sí,
que sin remedio hoy lleva un día tonto, es
demasiada la infancia que le regresa; por cualquier
detalle, por cualquier bobada, se le aparece en
forma de rebanada de pan con vino y azúcar,
o de bolsa de agua caliente para subir a dormir
con su hermano a la habitación del piso de
arriba, donde se contaban miles de historias y secretos,
todo lo que harían en esta vida, lo lejos
que iban a llegar a bordo de buques imposibles,
mientras escuchaban el viento entre los árboles
y los ecos inquietantes de ladridos lejanos, esperando
que la madre subiera para hacerles en la frente
la señal de la santa cruz con su pulgar tan
suave, y apagara las luces y les mandase callar.
A veces Santiago le agarraba fuerte de las faldas,
no te vayas todavía, pero ella se zafaba
de un tirón y les enviaba un beso desde la
puerta.