martes, 07 de octubre de 2008
 
Mi angelito
La letra con fuego entra
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   El invierno unas veces arrastra periódicos por el suelo y otras llueve sin cesar sobre ellos diluyendo la tinta que acaba por los desagües o pegada a la suela de los zapatos mojados de atareados transeúntes. A Santiago no le gusta la palabra vagabundo porque le recuerda al jabón con olor a vieja de los centros de acogida, a patatas caldosas y a la gente que se aleja a su paso por las calles. Muchas veces, llevado por agentes de la policía local o por sus propios pasos que huían del frío casi sin consultarle, ha tenido que dormir en esa clase de antros; ha tenido que compartir su tabaco con tipos que le insultaban y esperar, en una jungla de ronquidos y calcetines sucios, a que amaneciera por fin y poder salir a la calle, humillado, con la raya del pelo bien hecha y un par de magdalenas en la mano.

   El invierno esta vez trabaja con un frío que sale del centro de sus huesos y lo llena todo, crece hacia el aire de ramas desnudas y cristales empañados, y hace de la noche un estanque de metal que hiela lo que roza. Hoy, será porque se siente enfermo, lleva un día más bien tonto, de esos en que se le enreda a uno la nostalgia dentro desde primera hora de la mañana y no hay quien se deshaga de ella. Hace un rato, por ejemplo, iba pensando en la vez que, siendo un crío, estuvo a punto de quedarse congelado en medio de un frío como el de hoy, pero en pleno campo, con su padre, que ahora es sólo un rostro, más borroso que tierno, que a veces, precisamente en los días tontos, emerge como entre brumas; en cuanto su padre cayó en la cuenta del estado en que se encontraba, las cosas se arreglaron solas en un abrir y cerrar de ojos, como por arte de magia. Entonces no estaba solo.

   Ser solitario, piensa, es habitar más que nadie la memoria y el deseo y, en cambio, haber desaparecido hace tiempo de los recuerdos y las ganas de los demás; mucho más que la soledad física, lo que duele es ese estar ausente de todas las conciencias, no vivir en cerebro ajeno, saber que no aparece tu nombre escrito en ninguna agenda. Estar simplemente allí, y en ninguna parte más, merendando las sardinas con tomate que le sobraron ayer al bar de peor muerte, en esa hora en que se esfuman los últimos rastros de luz de la tarde y nota cómo la fiebre empieza a subirle desde las rodillas y, atravesando un hígado acartonado y roto, se le agarra a la garganta y a los ojos, se asoma al mundo por él y en su lugar se agota.

   Está claro que sí, que sin remedio hoy lleva un día tonto, es demasiada la infancia que le regresa; por cualquier detalle, por cualquier bobada, se le aparece en forma de rebanada de pan con vino y azúcar, o de bolsa de agua caliente para subir a dormir con su hermano a la habitación del piso de arriba, donde se contaban miles de historias y secretos, todo lo que harían en esta vida, lo lejos que iban a llegar a bordo de buques imposibles, mientras escuchaban el viento entre los árboles y los ecos inquietantes de ladridos lejanos, esperando que la madre subiera para hacerles en la frente la señal de la santa cruz con su pulgar tan suave, y apagara las luces y les mandase callar. A veces Santiago le agarraba fuerte de las faldas, no te vayas todavía, pero ella se zafaba de un tirón y les enviaba un beso desde la puerta.


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