viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito

(Continuación...) La letra con fuego entra
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Santiago no se conforma con el vino que le quieren servir, ya se ha bebido un vaso, y un vaso está bien por hoy, opina el dueño del bar, si quiere leche que lo diga, pero está enfermo y no hay más vino. Protesta débilmente, pero le recuerdan que si da problemas se acabó merendar allí otro día, ya no habrá más tomate ni sardinas que valgan, antes irán al cubo de la basura. Arrastrando los pies sale a la calle, más puta que nunca esta noche, y se sube todo lo que puede el cuello de su chaquetón de pana. Una regla de oro es no mirar en las noches de enero las ventanas iluminadas de los edificios, no ponerse a imaginar ahí dentro películas ni canciones, soperas de porcelana calientes, mantitas de cuadros en las rodillas y niños jorobando la marrana alrededor. Hay que mirar al frente o hacia el suelo, qué es eso de ponerse a soltar la lagrimita a estas alturas, y con dos cojones pensar en el momento que se vive, miles andarán peor por todo el mundo, gente sin ojos, con pus en los muñones, no es coña marinera, cuántas veces él mismo los ha visto en este mismo barrio, locos tullidos a la vuelta de cualquier esquina.

   Casa Mateo no está mal para las últimas copitas antes de dormir si, como por suerte es el caso, quedan unas cuantas monedas en el bolsillo y es temprano todavía. A veces incluso ha encontrado allí quien le invitase, es cuestión de caer simpático a los grupos de jóvenes que dan gritos en torno al futbolín y sueñan a voces con los días que tienen por delante, las mujeres que vendrán y la música y el futuro y la Biblia en verso. Es cuestión de ver de qué pie cojean, unos invitan a base de cigarrillos, otros con chistes de amor, y la mayoría a cambio de que se esté callado.

    Un par de aspirinas y todo el coñac posible sería lo mejor, porque luego la noche es larga y los fantasmas se mueven por ella como pez en el agua. Tan pronto le trepan por las piernas arañas de colores como saltan las ratas de armarios que abre en sueños; infamias y pecados lejanos que regresan, muertos echándole en cara su vida en la basura, la carcajada de un dios que podría pisotearlo ahí mismo, y así hasta que amanece al temblor de un nuevo día, cuando el guardia jurado le da unos golpecitos en el trasero con su porra, y le dice que ya es hora de marcharse a otra parte con todo ese jaleo de mantas y cartones. Hay noches mejores y peores, pero todas arrastran cadenas infinitas y en todas ruge un viento que le azota en la cara como una sábana negra; de todas sale herido y, al desperezarse, nota como si se estuviera sacudiendo pegajosos rastros de la muerte.

   Mientras le sirven el último vaso trata de llegar a un acuerdo con ese hatajo de sombras, invoca en voz alta su derecho a la calma, farfulla cosas raras, pactos imposibles, combinando a partes iguales amenazas y súplicas. Alguien intenta tranquilizarle y enseguida cede, busca una silla junto a la estufa y decide quedarse allí sentado hasta que cierren el garito, dentro de un rato. Y es que a veces la cabeza se le va, y no porque él lo quiera, bien sabe Dios que nunca le ha gustado llamar la atención, es esta vida tan perra que lleva, tantos años ya, tantos zapatos gastados en los callejones más oscuros y bajo las lluvias más sucias, batallas perdidas, amores imaginados, ¿y quién no habla solo hoy día, quién no ha querido morirse alguna vez, sobre todo si tiene tanta fiebre y se le llenan de agua los calcetines y en su vaso ya no queda casi nada y ni una triste alma en toda la ciudad podría decir su nombre, y está cansado y el frío del mundo se hace fuerte en el centro de los huesos? Es sólo esta vida tan arrastrada que lleva.

   Debió haber agarrado más fuerte aquella falda tierna y sucia de aceite, no dejarla marchar.


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