| Santiago
no se conforma con el vino que le quieren servir,
ya se ha bebido un vaso, y un vaso está bien
por hoy, opina el dueño del bar, si quiere
leche que lo diga, pero está enfermo y no hay
más vino. Protesta débilmente, pero
le recuerdan que si da problemas se acabó merendar
allí otro día, ya no habrá más
tomate ni sardinas que valgan, antes irán al
cubo de la basura. Arrastrando los pies sale a la
calle, más puta que nunca esta noche, y se
sube todo lo que puede el cuello de su chaquetón
de pana. Una regla de oro es no mirar en las noches
de enero las ventanas iluminadas de los edificios,
no ponerse a imaginar ahí dentro películas
ni canciones, soperas de porcelana calientes, mantitas
de cuadros en las rodillas y niños jorobando
la marrana alrededor. Hay que mirar al frente o hacia
el suelo, qué es eso de ponerse a soltar la
lagrimita a estas alturas, y con dos cojones pensar
en el momento que se vive, miles andarán peor
por todo el mundo, gente sin ojos, con pus en los
muñones, no es coña marinera, cuántas
veces él mismo los ha visto en este mismo barrio,
locos tullidos a la vuelta de cualquier esquina.
Casa Mateo no está mal para
las últimas copitas antes de dormir si, como
por suerte es el caso, quedan unas cuantas monedas
en el bolsillo y es temprano todavía. A veces
incluso ha encontrado allí quien le invitase,
es cuestión de caer simpático a los
grupos de jóvenes que dan gritos en torno al
futbolín y sueñan a voces con los días
que tienen por delante, las mujeres que vendrán
y la música y el futuro y la Biblia en verso.
Es cuestión de ver de qué pie cojean,
unos invitan a base de cigarrillos, otros con chistes
de amor, y la mayoría a cambio de que se esté
callado.
Un par de aspirinas y todo
el coñac posible sería lo mejor, porque
luego la noche es larga y los fantasmas se mueven
por ella como pez en el agua. Tan pronto le trepan
por las piernas arañas de colores como saltan
las ratas de armarios que abre en sueños; infamias
y pecados lejanos que regresan, muertos echándole
en cara su vida en la basura, la carcajada de un dios
que podría pisotearlo ahí mismo, y así
hasta que amanece al temblor de un nuevo día,
cuando el guardia jurado le da unos golpecitos en
el trasero con su porra, y le dice que ya es hora
de marcharse a otra parte con todo ese jaleo de mantas
y cartones. Hay noches mejores y peores, pero todas
arrastran cadenas infinitas y en todas ruge un viento
que le azota en la cara como una sábana negra;
de todas sale herido y, al desperezarse, nota como
si se estuviera sacudiendo pegajosos rastros de la
muerte.
Mientras le sirven el último
vaso trata de llegar a un acuerdo con ese hatajo de
sombras, invoca en voz alta su derecho a la calma,
farfulla cosas raras, pactos imposibles, combinando
a partes iguales amenazas y súplicas. Alguien
intenta tranquilizarle y enseguida cede, busca una
silla junto a la estufa y decide quedarse allí
sentado hasta que cierren el garito, dentro de un
rato. Y es que a veces la cabeza se le va, y no porque
él lo quiera, bien sabe Dios que nunca le ha
gustado llamar la atención, es esta vida tan
perra que lleva, tantos años ya, tantos zapatos
gastados en los callejones más oscuros y bajo
las lluvias más sucias, batallas perdidas,
amores imaginados, ¿y quién no habla
solo hoy día, quién no ha querido morirse
alguna vez, sobre todo si tiene tanta fiebre y se
le llenan de agua los calcetines y en su vaso ya no
queda casi nada y ni una triste alma en toda la ciudad
podría decir su nombre, y está cansado
y el frío del mundo se hace fuerte en el centro
de los huesos? Es sólo esta vida tan arrastrada
que lleva.
Debió haber agarrado más
fuerte aquella falda tierna y sucia de aceite, no
dejarla marchar.
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