viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación... )La letra con fuego entra
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Camino del escondite donde guarda sus enseres de dormir, vuelven a visitarle imágenes y olores de su niñez en el pueblo, una procesión del Corpus bajo la tormenta, una lista de reyes que aprenderse de memoria para recitar al día siguiente, muchachas en enaguas riendo junto al río, pájaros abatidos a pedradas. Cuando tiene todo listo para sumergirse en el túnel de una nueva noche, ya sabe que el frío no va a dejarle descansar tan fácilmente, habrían hecho falta unos cuantos tragos más, o jarabe o algo así, o una manta más recia y que por lo menos estuviera del todo seca, no como éstas que tiene, que huelen a la vez a lluvia y sopa y al sudor de las pesadillas que le esperan. Coloca como mejor puede cartones y periódicos, y se arropa hasta las orejas encogiendo las piernas todo lo que puede. Como un niño, teme el miedo que todavía no siente, los monstruos y temblores que sabe que vendrán porque anidan ahí, justamente en el alma de sus noches, en la oscuridad de los pliegues de sus sesos, agazapados entre esas grietas negras.

   Y, nada más cerrar los ojos, el desfile inconexo del pasado avisa que no va a cesar. El frío inhumano que le nace en las entrañas le devuelve nuevamente a ese otro día de enero, sería el año cuarenta más o menos, cuando de niño acompañó a su padre a la capital de la provincia para intentar vender unos caballos en la feria del ganado. Eran más de treinta kilómetros de camino y aquella vez el frío sí que lo paralizó del todo, empezó a ponerse morado y su padre cayó en la cuenta de que podía morirse allí, congelado a la orilla de una senda de monte. Entonces hizo un fuego a toda prisa, Santiago no ha olvidado cómo su padre fue recogiendo pequeñas ramas por los alrededores, cómo las agrupó cuidadosamente y en pocos segundos obró el milagro: ahí estaba aquella llama, crepitando delante de él mientras su padre le masajeaba con fuerza por todo el cuerpo. No ha olvidado aquel calor, la sensación de que por dentro la circulación de la sangre se reanuda, los dedos poco a poco, con torpeza, van volviendo de nuevo a reconocer las cosas, y lentamente el pasmo se deshiela. Y de tal manera lo recuerda que, tantos años más tarde, en esta noche gélida de Madrid, tan lejos de ese monte y ese día que hoy se le han enganchado en la mente como una de esas músicas pegadizas que nos acompañan un tiempo queramos o no, juraría sentir aquel mismo fuego cerca de él, el mismo calor de antaño bajo la protección de ese hombre rudo que lo amaba a su modo, desde lo alto de aquella majestuosa y desaliñada torre de silencio, y junto al cual era cosa de risa temer nada, ni noches ni fieras, ni bandidos ni tormentas. Santiago notaba ahora ese mismo fuego a su lado, como si realmente estuviera ahí mismo, y los ojos se le humedecían de agradecimiento.


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