Camino del escondite
donde guarda sus enseres de dormir, vuelven a visitarle
imágenes y olores de su niñez en el
pueblo, una procesión del Corpus bajo la
tormenta, una lista de reyes que aprenderse de memoria
para recitar al día siguiente, muchachas
en enaguas riendo junto al río, pájaros
abatidos a pedradas. Cuando tiene todo listo para
sumergirse en el túnel de una nueva noche,
ya sabe que el frío no va a dejarle descansar
tan fácilmente, habrían hecho falta
unos cuantos tragos más, o jarabe o algo
así, o una manta más recia y que por
lo menos estuviera del todo seca, no como éstas
que tiene, que huelen a la vez a lluvia y sopa y
al sudor de las pesadillas que le esperan. Coloca
como mejor puede cartones y periódicos, y
se arropa hasta las orejas encogiendo las piernas
todo lo que puede. Como un niño, teme el
miedo que todavía no siente, los monstruos
y temblores que sabe que vendrán porque anidan
ahí, justamente en el alma de sus noches,
en la oscuridad de los pliegues de sus sesos, agazapados
entre esas grietas negras.
Y, nada más cerrar los
ojos, el desfile inconexo del pasado avisa que no
va a cesar. El frío inhumano que le nace
en las entrañas le devuelve nuevamente a
ese otro día de enero, sería el año
cuarenta más o menos, cuando de niño
acompañó a su padre a la capital de
la provincia para intentar vender unos caballos
en la feria del ganado. Eran más de treinta
kilómetros de camino y aquella vez el frío
sí que lo paralizó del todo, empezó
a ponerse morado y su padre cayó en la cuenta
de que podía morirse allí, congelado
a la orilla de una senda de monte. Entonces hizo
un fuego a toda prisa, Santiago no ha olvidado cómo
su padre fue recogiendo pequeñas ramas por
los alrededores, cómo las agrupó cuidadosamente
y en pocos segundos obró el milagro: ahí
estaba aquella llama, crepitando delante de él
mientras su padre le masajeaba con fuerza por todo
el cuerpo. No ha olvidado aquel calor, la sensación
de que por dentro la circulación de la sangre
se reanuda, los dedos poco a poco, con torpeza,
van volviendo de nuevo a reconocer las cosas, y
lentamente el pasmo se deshiela. Y de tal manera
lo recuerda que, tantos años más tarde,
en esta noche gélida de Madrid, tan lejos
de ese monte y ese día que hoy se le han
enganchado en la mente como una de esas músicas
pegadizas que nos acompañan un tiempo queramos
o no, juraría sentir aquel mismo fuego cerca
de él, el mismo calor de antaño bajo
la protección de ese hombre rudo que lo amaba
a su modo, desde lo alto de aquella majestuosa y
desaliñada torre de silencio, y junto al
cual era cosa de risa temer nada, ni noches ni fieras,
ni bandidos ni tormentas. Santiago notaba ahora
ese mismo fuego a su lado, como si realmente estuviera
ahí mismo, y los ojos se le humedecían
de agradecimiento.