Hasta que sus mantas
no estaban ya ardiendo por completo no se dio cuenta
de nada. Ni percibió el olor a gasolina ni
los oyó llegar, su piel recibió a
gritos ese dolor desconocido, el chillido insoportable
de cada centímetro de sí mismo. Se
puso en pie como pudo, pero volvió a caer.
Desde el suelo vio a media docena de chavales con
el pelo rapado al cero y botas de soldado. Algunos
huían ya mientras, a voces, apremiaban al
resto con los motores en marcha; otros, los más
decididos, se demoraban todavía en los últimos
insultos y escupitajos, jaleaban al fuego, como
si fuera un perro asesino, con aquellas mismas canciones
cuya letra, no sin sangre, el maestro de su pueblo
le había obligado a Santiago a aprenderse
de memoria para cantarlas cuando salían,
prietas las filas, a izar la sagrada bandera al
patio de la escuela.