Los
pasillos y el salón de actos del Colegio Marista
Cristo Rey a menudo resonaron con los sones musicales:
la Coral Rúa, los Madrigales Maristas, y, por
supuesto, los Afinados Acordes de Champagnat (en honor
al fundador de la orden, Beato Marcelino Champagnat).
Todos ellos formaron parte de una ilustre familia
de Corales. Pero como en todas las familias, había
una oveja negra y en mi colegio, tal honor lo monopolizaba
la Coral de los alumnos de 8º, cuyos balidos
desafinados convertían dos horas por semana
la sala de canto del Hermano Ignacio en una especie
de Cámara de los Horrores Musicales.
Componíamos el grupo vocal aproximadamente
veinticinco muchachos de 8º de EGB, y habíamos
llegado a esta situación voluntariamente, sin
ningún tipo de presión, tras escoger
libremente la asignatura de Canto en detrimento de
la temida Comercio. Seguíamos, a modo de texto,
un libreto verde que contenía la letra de numerosos
cantos religiosos, la mayor parte de ellos popularizados
en convivencias, eucaristías y catequesis,
y que se agrupaban bajo el título de CANTA
TU FE.
Solía el Hermano Ignacio
sentarse junto a un vetusto piano e interpretar estos
cantos de fácil ejecución. Nosotros,
sobre una tarima escalonada, nos dedicábamos
en cuerpo y alma con nuestra munición de gallos,
desacordes y notas desafinadas a exterminar su proverbial
paciencia y su rostro, en numerosas ocasiones, parecía
adoptar un rictus de martirio o crucifixión
(¡Santo Dios! ¡Virgen Santa! ¡Ten
piedad, Señor!).
Santiago Vázquez, barítono.
Marcelino Fuentes, monótono. Esteban Tundidor,
sin ningún tono, y Andrés Baeza, atónito,
formaban mi entorno más próximo. No
es que no le pusiéramos entusiasmo. Es sólo
que la voz de un chico de 13 años no estaba
pensada exactamente para cantar. Deslizar el Hermano
Ignacio sus largos dedos por las teclas del piano
y provocar con nuestras "voces" que frunciera
su entrecejo y entornara su mirada constituía
una experiencia que hasta el más entusiasta
pedagogo musical calificaría como desmotivadora.
Así, a partir del respeto mutuo por las Artes
y la Humanidad, habíamos llegado a establecer
un pacto de no agresión con el Hermano Ignacio:
no destrozaríamos sus tímpanos si él
no nos forzaba. LLegado a un punto, perdida la esperanza
y amenazada su salud auditiva nos rogaba:"...
Está bien. Ya es suficiente. Ahora coged vuestros
libros y estudiad".
Estaba claro que las palabras armonía,
melodía o entonación no formaban parte
de nuestro diccionario, no sólo por el número
de sílabas que contenían dichas palabras
(difícilmente superábamos las dos de
profe, venga, calla, vete, chungo o cate) sino también
porque su empleo en las reuniones con los amigos podría
sugerirle la idea a más de uno de regalarnos
por nuestro cumpleaños una faldita de tul.
Nuestra incapacidad para entonar
y seguir una línea armónica a la hora
de cantar era más que evidente. Ninguno de
nosotros poseía una voz mínimamente
"suave". Bueno, para ser precisos, había
un chico dentro del grupo al que no le habíamos
oído entonar una nota ni decir una palabra
a lo largo del curso. Había venido nuevo ese
año y se llamaba Bartolomé Búa.
Desde que comenzó el curso, se había
mantenido mudo e inalterable en todas las clases y
en el recreo solía apartarse para quedarse
solo. Rara vez algún profesor le sacaba al
encerado y cuando le preguntaban, solía responder
con monosílabos. Era retraído y taciturno.
Admitámoslo: conocíamos
nuestro nivel, el más bajo del montón,
y éramos lo bastante sensatos para no buscar
la luz del éxito.
Hasta que claro, la luz se nos vino
encima.
La luz se llamaba Julia. Durante
el último trimestre, a causa de una neumonía
que le sobrevino al Hermano Ignacio, se iba a hacer
cargo de la clase. Cuando llegamos a clase el día
de su debut y después de colocarnos ordenadamente
en la tarima, la profesora sustituta, a medida que
iba tocando el piano, entonaba alegremente su presentación:
- Soy la señorita Julia,
voy a estar con vosotros hasta Junio, y si hay algo
que quiero que os quede bien grabado es: usad el diafragma,
siempre usad el diafragma...
- ¿Qué ha dicho? -
preguntó Esteban Tundidor.
- ...Oíd cómo suena,
fuerte y potente, y si lo hacéis bien, lo sentiréis
aquí (señalándose el tórax),
me alegro de encargarme de la Coral de los chicos
de 8º... y cuando cantemos, siempre cantaremos
así, porque nos acordaremos de usar el... (esperando
nuestra respuesta):
- Diafragma - respondimos todos
en un tono bajo y cansino, tras algunos segundos.
Acababa de terminar Magisterio. Estaba llena de ideas.
Ah sí, la mujer estaba como un cencerro. Se
pasó la clase tocando el piano y cantando las
normas que deberíamos seguir en su clase hasta
final de curso. Tras terminar la clase, algunos de
nosotros, seriamente preocupados, comenzamos a analizar
la situación:
- Yo creo que está bien -
decía Santiago Vázquez.
- Santi, despierta - aconsejaba
yo.
- ¿Por qué? ¿sólo
porque ha cantado un poco?
- ¿Un poco? Espero que no
creas que cantaremos así.
- Bueno, quizá al principio
no, pero cuando dominemos el diafragma...
Con diafragma o sin diafragma, la llegada de la señorita
Julia nos había traído a todos una sombra
de temor.
- Yo no quiero cantar. Por eso me
apunté a este grupo - se lamentaba Andrés.
- Sí, eso, ¿por qué
hemos de tener una profesora novata?- decía
Marcelino.
- Tranquilos, tíos, no hay
por qué preocuparse. Esto no durará
- aseguró Esteban.
- ¿Qué quieres decir?
- preguntó Andrés.
- Este es su primer trabajo. Debe
fingir que se esfuerza...
Esteban tenía razón...
en teoría.
- ...Creedme, en un par de días
se comportará como el Ignacio, y nos dejará
estudiar o hacer lo que queramos siempre que no le
demos la vara.
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