sábado, 11 de octubre de 2008
 
Mi angelito
La Señorita Julia
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )
   Los pasillos y el salón de actos del Colegio Marista Cristo Rey a menudo resonaron con los sones musicales: la Coral Rúa, los Madrigales Maristas, y, por supuesto, los Afinados Acordes de Champagnat (en honor al fundador de la orden, Beato Marcelino Champagnat). Todos ellos formaron parte de una ilustre familia de Corales. Pero como en todas las familias, había una oveja negra y en mi colegio, tal honor lo monopolizaba la Coral de los alumnos de 8º, cuyos balidos desafinados convertían dos horas por semana la sala de canto del Hermano Ignacio en una especie de Cámara de los Horrores Musicales.

   Componíamos el grupo vocal aproximadamente veinticinco muchachos de 8º de EGB, y habíamos llegado a esta situación voluntariamente, sin ningún tipo de presión, tras escoger libremente la asignatura de Canto en detrimento de la temida Comercio. Seguíamos, a modo de texto, un libreto verde que contenía la letra de numerosos cantos religiosos, la mayor parte de ellos popularizados en convivencias, eucaristías y catequesis, y que se agrupaban bajo el título de CANTA TU FE.

   Solía el Hermano Ignacio sentarse junto a un vetusto piano e interpretar estos cantos de fácil ejecución. Nosotros, sobre una tarima escalonada, nos dedicábamos en cuerpo y alma con nuestra munición de gallos, desacordes y notas desafinadas a exterminar su proverbial paciencia y su rostro, en numerosas ocasiones, parecía adoptar un rictus de martirio o crucifixión (¡Santo Dios! ¡Virgen Santa! ¡Ten piedad, Señor!).

   Santiago Vázquez, barítono. Marcelino Fuentes, monótono. Esteban Tundidor, sin ningún tono, y Andrés Baeza, atónito, formaban mi entorno más próximo. No es que no le pusiéramos entusiasmo. Es sólo que la voz de un chico de 13 años no estaba pensada exactamente para cantar. Deslizar el Hermano Ignacio sus largos dedos por las teclas del piano y provocar con nuestras "voces" que frunciera su entrecejo y entornara su mirada constituía una experiencia que hasta el más entusiasta pedagogo musical calificaría como desmotivadora. Así, a partir del respeto mutuo por las Artes y la Humanidad, habíamos llegado a establecer un pacto de no agresión con el Hermano Ignacio: no destrozaríamos sus tímpanos si él no nos forzaba. LLegado a un punto, perdida la esperanza y amenazada su salud auditiva nos rogaba:"... Está bien. Ya es suficiente. Ahora coged vuestros libros y estudiad".

   Estaba claro que las palabras armonía, melodía o entonación no formaban parte de nuestro diccionario, no sólo por el número de sílabas que contenían dichas palabras (difícilmente superábamos las dos de profe, venga, calla, vete, chungo o cate) sino también porque su empleo en las reuniones con los amigos podría sugerirle la idea a más de uno de regalarnos por nuestro cumpleaños una faldita de tul.

   Nuestra incapacidad para entonar y seguir una línea armónica a la hora de cantar era más que evidente. Ninguno de nosotros poseía una voz mínimamente "suave". Bueno, para ser precisos, había un chico dentro del grupo al que no le habíamos oído entonar una nota ni decir una palabra a lo largo del curso. Había venido nuevo ese año y se llamaba Bartolomé Búa. Desde que comenzó el curso, se había mantenido mudo e inalterable en todas las clases y en el recreo solía apartarse para quedarse solo. Rara vez algún profesor le sacaba al encerado y cuando le preguntaban, solía responder con monosílabos. Era retraído y taciturno.

   Admitámoslo: conocíamos nuestro nivel, el más bajo del montón, y éramos lo bastante sensatos para no buscar la luz del éxito.

   Hasta que claro, la luz se nos vino encima.

   La luz se llamaba Julia. Durante el último trimestre, a causa de una neumonía que le sobrevino al Hermano Ignacio, se iba a hacer cargo de la clase. Cuando llegamos a clase el día de su debut y después de colocarnos ordenadamente en la tarima, la profesora sustituta, a medida que iba tocando el piano, entonaba alegremente su presentación:

   - Soy la señorita Julia, voy a estar con vosotros hasta Junio, y si hay algo que quiero que os quede bien grabado es: usad el diafragma, siempre usad el diafragma...

   - ¿Qué ha dicho? - preguntó Esteban Tundidor.
   - ...Oíd cómo suena, fuerte y potente, y si lo hacéis bien, lo sentiréis aquí (señalándose el tórax), me alegro de encargarme de la Coral de los chicos de 8º... y cuando cantemos, siempre cantaremos así, porque nos acordaremos de usar el... (esperando nuestra respuesta):

    - Diafragma - respondimos todos en un tono bajo y cansino, tras algunos segundos.

Acababa de terminar Magisterio. Estaba llena de ideas. Ah sí, la mujer estaba como un cencerro. Se pasó la clase tocando el piano y cantando las normas que deberíamos seguir en su clase hasta final de curso. Tras terminar la clase, algunos de nosotros, seriamente preocupados, comenzamos a analizar la situación:

   - Yo creo que está bien - decía Santiago Vázquez.

   - Santi, despierta - aconsejaba yo.

   - ¿Por qué? ¿sólo porque ha cantado un poco?

   - ¿Un poco? Espero que no creas que cantaremos así.

   - Bueno, quizá al principio no, pero cuando dominemos el diafragma...

Con diafragma o sin diafragma, la llegada de la señorita Julia nos había traído a todos una sombra de temor.

   - Yo no quiero cantar. Por eso me apunté a este grupo - se lamentaba Andrés.

   - Sí, eso, ¿por qué hemos de tener una profesora novata?- decía Marcelino.

   - Tranquilos, tíos, no hay por qué preocuparse. Esto no durará - aseguró Esteban.

   - ¿Qué quieres decir? - preguntó Andrés.

   - Este es su primer trabajo. Debe fingir que se esfuerza...

   Esteban tenía razón... en teoría.

   - ...Creedme, en un par de días se comportará como el Ignacio, y nos dejará estudiar o hacer lo que queramos siempre que no le demos la vara.


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