martes, 02 de diciembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...)  La Señorita Julia
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

En el segundo día de clase:

   La señorita Julia entró y nos vió sentados en la tarima con nuestros libros y libretas, haciendo que estudiábamos. Se sorprendió un poco al vernos en esa actitud tan sospechosamente responsable. Se quedó quieta durante un buen rato mirándonos. Sí señor, se había dado cuenta de la situación y había percibido claramente cuáles eran nuestras intenciones.

   - Vamos chicos, guardad vuestros libros. No vais a necesitarlos.

   Y allí empezó todo.

   - Necesitaremos la hora entera para las audiciones de voz. ¿Quién quiere empezar?. ¿Hay alguien?.

   ¿Empezar?.Sólo un perfecto imbécil querría pre... y se presentó Santi. Aquel chico no tenía dignidad.

   Tras la actuación entusiasta más que exitosa de Santi, fuimos desfilando todos, uno a uno, frente a su piano, cantando una pequeña estrofa de una canción que nos había escrito en el encerado: "esta mañana de paseo con la gente me encontré, al lechero, al cartero y al policía saludé". Lo que se encontró ella fue una cuadrilla de delincuentes musicales que aún encima de "trocar" las palabras de la partitura (donde era "policía" se cantaba "mi tía"; donde "¡viva la gente!, "¡viva Vicente!"), procuraban hacerlo mal adrede, con saña, cuales viles ejecutores de una conspiración, con movimientos histriónicos y forzando la voz hasta límites grotescos, con la intención de dejárselo más claro que el agua, de mostrarle lo disparatado de su empeño, su completa inutilidad, su esfuerzo en balde. Tras desfilar el último:

   - Sí, sí, sí - exclamó eufórica -. Esto es justo la pasión que hace falta. Ha sido emocionante. Gracias, chicos. Y ahora tengo una gran sorpresa. Hoy vamos a empezar nuestra primera canción: "Oyeme tú, que eres joven". Tengo copias para todos.

   Aquello ya colmaba el vaso de nuestra paciencia. Nadie, repito, nadie, nos había amenazado jamás hasta entonces con una auténtica composición musical.

   Tras entregarnos las copias, procedió a infligirnos el toque de gracia:

   - ...Y eso no es todo... vamos a cantarla todos el mes que viene en el festival de primavera del Colegio.

   - ¿¿Quéeeee?? - respondimos todos -. Era la primera vez que emitíamos una nota al unísono.

   - Lo sé, lo sé, no tenemos mucho tiempo, pero como le dije al director, mis muchachos están a punto, y él dijo: adelante.

   Contemplé atentamente a la profesora. Era una visión instructiva, una lección útil para aquellos que sostienen que en la condición humana ha desaparecido el optimismo. De pronto lo vimos claro. Nuestra reputación estaba en juego, nuestra tradición, nuestro mal nombre.

   - ¿Señorita?

   - Sí, Javier.

   - ¿De verdad cree que es una buena idea?.

   - Por supuesto. ¿No te ilusiona la idea de emprender esta aventura musical juntos con el estímulo añadido de participar en el concierto y mostrar así el fruto de tu esfuerzo y dedicación ante tus padres, profesores y compañeros de colegio?. ¿No sería bonito?.

   - Bueno, sí, mirándolo de ese modo, estaría... bien.

   - ¡Sabía que todos pensaríais así!.

   Y, de pronto, nuestro destino quedó sellado: el de la Coral, el de la profesora, y, por supuesto, el mío. Tras salir de clase:

   - ¡Ay! - recibí un capón de Gonzalo Lema.

   - Muy bien, Varela.

  - ¿A qué viene esto?.

  - Fantástico, señorita... nos encantaría participar en el concierto - simuló mi voz en tono de falsete.

- Yo no dije exactamente eso, sino que... - Me interrumpió Andrés:

   - Vamos a quedar como idiotas delante de todo el colegio y no digamos ante nuestros padres. ¿Qué vamos a hacer?.

   - Pues lo primero - calmó los ánimos Esteban -, no contárselo a nuestros padres, ¿de acuerdo?.

   - Podemos hacer algo más - dijo Santi -. Podemos ensayar.

   - ¡¡Ni hablar!! - segunda nota que emitíamos al unísono. Estábamos mejorando.

   - Oye, tú nos has metido en esto, Varela. Así que tienes que sacarnos.

   - ¿Cómo?.

   - Háblale.

   - No va a escucharme.

   Y era cierto. La señorita Julia no escuchaba. La prueba estaba en la disposición alegre y positiva que mostraba cuando nos oía cantar.

   - ¿Por qué no?. Tu eres el único al que puede que escuche - sentenció Esteban -. Háblale. Nuestra vida depende de ello.

    Al menos la mía sí.

   Era fácil decirlo. Pero cómo hablarle a alguien que ni siquiera oye.

   Al siguiente día de clase comenzamos a ensayar la canción. Ella, tocando el piano, y nosotros, con la partitura en la mano, en nuestra línea habitual:

   - Excelente, excelente, excelente, ...bien... fantástico... eso está mejor... - asentía la profesora.

   Pero incluso aunque cantásemos con una armonía que haría estremecerse a Quasimodo, con acordes no existentes en la naturaleza, la profesora seguía escuchando sones celestiales.

   - Bien, bien, así, ahora mejor... ¡vengan esos bajos...! ¡ahora entren los tenores...!

   Nada disuadía a la señorita. Con una sabiduría nacida de la falta de experiencia, ella avanzaba ciegamente, no, sordamente, hacia una meta que sin duda estaba más allá de nuestro alcance. Durante las semanas siguientes la señorita luchó por sacar lo mejor de nosotros, que casualmente resultaba ser lo peor. Queríamos creer en ella. Pero estaba claro que, tarde o temprano, alguien iba a tener que pinchar su burbuja. Yo había sido el elegido por todos mis compañeros para comunicarle a la profesora nuestra negativa a formar parte de la página más negra de la reciente historia musical de nuestro colegio.

   - ¡Ahora o nunca! - llegó a mis oídos el ultimátum de Esteban en el transcurso de un ensayo. Interrumpí la clase.

   - ¿Señorita?.

   - Sí, Javier.

   - Mire, hemos decidido que no queremos cantar en el concierto. Es que somo malos (me quedaba corto), así que no queremos hacerle perder el tiempo. Creemos que no deberíamos presentarnos.

   - ¿De verdad pensáis así todos? - casi podíamos percibir como se encogía su esperanza.

   - Sí - respondimos todos en un tono apenas audible y cabizbajos.

   - Entiendo. Vaya, no sabía, no tenía ni idea, no podía imaginarme que...


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