| En
el segundo día de clase:
La señorita Julia entró
y nos vió sentados en la tarima con nuestros
libros y libretas, haciendo que estudiábamos.
Se sorprendió un poco al vernos en esa actitud
tan sospechosamente responsable. Se quedó quieta
durante un buen rato mirándonos. Sí
señor, se había dado cuenta de la situación
y había percibido claramente cuáles
eran nuestras intenciones.
- Vamos chicos, guardad vuestros
libros. No vais a necesitarlos.
Y allí empezó todo.
- Necesitaremos la hora entera para
las audiciones de voz. ¿Quién quiere
empezar?. ¿Hay alguien?.
¿Empezar?.Sólo un
perfecto imbécil querría pre... y se
presentó Santi. Aquel chico no tenía
dignidad.
Tras la actuación entusiasta
más que exitosa de Santi, fuimos desfilando
todos, uno a uno, frente a su piano, cantando una
pequeña estrofa de una canción que nos
había escrito en el encerado: "esta mañana
de paseo con la gente me encontré, al lechero,
al cartero y al policía saludé".
Lo que se encontró ella fue una cuadrilla de
delincuentes musicales que aún encima de "trocar"
las palabras de la partitura (donde era "policía"
se cantaba "mi tía"; donde "¡viva
la gente!, "¡viva Vicente!"), procuraban
hacerlo mal adrede, con saña, cuales viles
ejecutores de una conspiración, con movimientos
histriónicos y forzando la voz hasta límites
grotescos, con la intención de dejárselo
más claro que el agua, de mostrarle lo disparatado
de su empeño, su completa inutilidad, su esfuerzo
en balde. Tras desfilar el último:
- Sí, sí, sí
- exclamó eufórica -. Esto es justo
la pasión que hace falta. Ha sido emocionante.
Gracias, chicos. Y ahora tengo una gran sorpresa.
Hoy vamos a empezar nuestra primera canción:
"Oyeme tú, que eres joven". Tengo
copias para todos.
Aquello ya colmaba el vaso de nuestra
paciencia. Nadie, repito, nadie, nos había
amenazado jamás hasta entonces con una auténtica
composición musical.
Tras entregarnos las copias, procedió
a infligirnos el toque de gracia:
- ...Y eso no es todo... vamos a
cantarla todos el mes que viene en el festival de
primavera del Colegio.
- ¿¿Quéeeee??
- respondimos todos -. Era la primera vez que emitíamos
una nota al unísono.
- Lo sé, lo sé, no
tenemos mucho tiempo, pero como le dije al director,
mis muchachos están a punto, y él dijo:
adelante.
Contemplé atentamente a la
profesora. Era una visión instructiva, una
lección útil para aquellos que sostienen
que en la condición humana ha desaparecido
el optimismo. De pronto lo vimos claro. Nuestra reputación
estaba en juego, nuestra tradición, nuestro
mal nombre.
- ¿Señorita?
- Sí, Javier.
- ¿De verdad cree que es
una buena idea?.
- Por supuesto. ¿No te ilusiona
la idea de emprender esta aventura musical juntos
con el estímulo añadido de participar
en el concierto y mostrar así el fruto de tu
esfuerzo y dedicación ante tus padres, profesores
y compañeros de colegio?. ¿No sería
bonito?.
- Bueno, sí, mirándolo
de ese modo, estaría... bien.
- ¡Sabía que todos
pensaríais así!.
Y, de pronto, nuestro destino quedó
sellado: el de la Coral, el de la profesora, y, por
supuesto, el mío. Tras salir de clase:
- ¡Ay! - recibí un
capón de Gonzalo Lema.
- Muy bien, Varela.
- ¿A qué viene esto?.
- Fantástico, señorita...
nos encantaría participar en el concierto -
simuló mi voz en tono de falsete.
- Yo no dije exactamente eso, sino que... - Me interrumpió
Andrés:
- Vamos a quedar como idiotas delante
de todo el colegio y no digamos ante nuestros padres.
¿Qué vamos a hacer?.
- Pues lo primero - calmó
los ánimos Esteban -, no contárselo
a nuestros padres, ¿de acuerdo?.
- Podemos hacer algo más
- dijo Santi -. Podemos ensayar.
- ¡¡Ni hablar!! - segunda
nota que emitíamos al unísono. Estábamos
mejorando.
- Oye, tú nos has metido
en esto, Varela. Así que tienes que sacarnos.
- ¿Cómo?.
- Háblale.
- No va a escucharme.
Y era cierto. La señorita
Julia no escuchaba. La prueba estaba en la disposición
alegre y positiva que mostraba cuando nos oía
cantar.
- ¿Por qué no?. Tu
eres el único al que puede que escuche - sentenció
Esteban -. Háblale. Nuestra vida depende de
ello.
Al menos la mía sí.
Era fácil decirlo. Pero cómo
hablarle a alguien que ni siquiera oye.
Al siguiente día de clase
comenzamos a ensayar la canción. Ella, tocando
el piano, y nosotros, con la partitura en la mano,
en nuestra línea habitual:
- Excelente, excelente, excelente,
...bien... fantástico... eso está mejor...
- asentía la profesora.
Pero incluso aunque cantásemos
con una armonía que haría estremecerse
a Quasimodo, con acordes no existentes en la naturaleza,
la profesora seguía escuchando sones celestiales.
- Bien, bien, así, ahora
mejor... ¡vengan esos bajos...! ¡ahora
entren los tenores...!
Nada disuadía a la señorita.
Con una sabiduría nacida de la falta de experiencia,
ella avanzaba ciegamente, no, sordamente, hacia una
meta que sin duda estaba más allá de
nuestro alcance. Durante las semanas siguientes la
señorita luchó por sacar lo mejor de
nosotros, que casualmente resultaba ser lo peor. Queríamos
creer en ella. Pero estaba claro que, tarde o temprano,
alguien iba a tener que pinchar su burbuja. Yo había
sido el elegido por todos mis compañeros para
comunicarle a la profesora nuestra negativa a formar
parte de la página más negra de la reciente
historia musical de nuestro colegio.
- ¡Ahora o nunca! - llegó
a mis oídos el ultimátum de Esteban
en el transcurso de un ensayo. Interrumpí la
clase.
- ¿Señorita?.
- Sí, Javier.
- Mire, hemos decidido que no queremos
cantar en el concierto. Es que somo malos (me quedaba
corto), así que no queremos hacerle perder
el tiempo. Creemos que no deberíamos presentarnos.
- ¿De verdad pensáis
así todos? - casi podíamos percibir
como se encogía su esperanza.
- Sí - respondimos todos
en un tono apenas audible y cabizbajos.
- Entiendo. Vaya, no sabía,
no tenía ni idea, no podía imaginarme
que...
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