viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...)  La Señorita Julia
pág.3 de 4
Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Y ya estaba. Por fin lo habíamos logrado. La señorita Julia estaba entrando en razón. Iba a ver la luz de verdad. Iba a quitarse la venda de los ojos. Iba a... llorar. Sí, se puso a llorar desconsoladamente, dándonos la espalda y cubriéndose la cara con las manos.

   No hace falta decir que reaccionamos con cierta madurez.

   - Varela, mamón, ¿por qué lo has hecho? - me espetó Esteban.

   - ¿Yo?, me lo has dicho tú.

   - Genial, Varela. - Me recriminó Marcelino.

   Lo que me faltaba. Primero Esteban había abierto la herida, y ahora Marcelino le echaba la sal.

   - No puedo creer que hayas hecho eso - aseguró Santi que, al parecer, desconocía mi capacidad para hundir en la miseria a la persona más entusiasta, positiva y de voluntad más inquebrantable que habíamos conocido.

   - Tenías que hablarle, no hacerla llorar - tranquilizó finalmente mi conciencia Andrés.

   No sabíamos qué hacer en ese momento. Lo único que podía ayudarnos era un milagro. Y entonces sucedió. Bartolomé Búa, el mudo, entonó la canción y de qué manera. El, que hasta entonces había permanecido callado, comenzó a cantar con una dulzura y una armonía, desconocidas hasta entonces para nosotros. Hicieron falta las lágrimas de una profesora novata para llevar el canto a los labios de Bartolomé Búa, poseedor de una delicada púa en las cuerdas vocales.

   Los demás lo acompañamos, sintiéndonos inyectados de una sobredosis de decisión y confianza en nosotros mismos.

   Y así empezó el gran resurgimiento de la Coral de 8º. Sólo faltaban dos semanas para el concierto, pero durante aquellas dos semanas, respirábamos (óyeme, tú que eres joven, tú que sabes comprender), soñábamos (tú que guardas en tus manos tanta fe), nos duchábamos (tú que buscas las verdades, tú que tienes corazón), comíamos (tú serás como nosotros, cantarás nuestra canción), estudiábamos (canto a la flor del campo, canto al viento, canto al mar), en el autobús (canto a la luz que muere en el trigal) y ante nuestros padres cuando nos preguntaban por las notas (canto al amor sincero, canto al fuego del hogar, canto a la verdadera libertad); aquella canción se convirtió en nuestro himno, nuestro canto de batalla, nuestro punto de encuentro, nuestro vínculo de unión.
Cuando por fin llegó el día del concierto, habíamos pasado de horribles a...

   - ¡Magníficos! - dijo la señorita Julia, tras el último ensayo en la clase, una hora antes del comienzo del festival.

   Bueno, la verdad es que no había quedado mal. En fin, estábamos preparados. Teníamos a Búa. Esa era nuestra arma secreta.

   El salón de actos vestía sus mejores galas para la ocasión. Para quien no conozca el salón de actos de este colegio, baste decir que hay varios detalles que son más propios de una pista de patinaje que de un salón de actos. Su temperatura, por ejemplo. Todos estaban presentes: nuestros padres, los curas, los profesores y compañeros de fatigas. Sí señor, todos juntitos por un objetivo común: protegerse del frío. Los grupos corales que representaban a los diferentes cursos calmaban sus nervios por los pasillos que daban acceso al escenario. Un chico que pertenecía al coro de 3º de BUP se dirigió a nosotros:

   - ¿Eh?. Sois de la Coral de 8º, ¿verdad?. Queremos oíros cantar - parecía sincero.

   - Y vosotros, ¿qué cantáis? - preguntó Santi.

   - Empezaremos con el Ave María de Haendel, luego el Pater Noster qui est in celi, la versión de Sibelius. Luego, algo más ligero, unos fragmentos de La Traviata. ¿Y vosotros?.

   - Oyeme, tú que eres joven.

   - Mucha suerte.

   - Igualmente.

   Eramos los quintos en salir. Nos habíamos vestido, como exigían las bases del festival, siguiendo la etiqueta más rigurosa: camisa blanca, corbata, chaqueta azúl y pantalón gris marengo. Bastantes de nosotros tuvimos que recurrir a utilizar la ropa de nuestros hermanos mayores. Otros se la compraron para la ocasión. Los grupos corales que habían actuado previamente habían demostrado un nivel muy alto, como así lo atestiguaban los aplausos y clamores jubilosos de los asistentes. Todo estaba dispuesto y cuando ya el grupo que nos precedía comenzaba su última canción ( menos nosotros todos los demás grupos interpretaron dos o tres temas), la señorita Julia nos aligeró la tensión y la responsabilidad en las que estábamos sumidos por medio de este discurso "sosegado" y "desapasionado":

   - Estoy orgullosa de vosotros, chicos. Desde que era solamente una niña, he soñado con estar ahí de pie frente a un coro y formarlos en el canto. Esta noche va a ser mi primera vez. Y os quiero dar las gracias. Gracias por que vais a hacer realidad el sueño que más me ha obsesionado desde que era niña. Gracias porque le habéis dado significado a mi trabajo. Gracias. Jamás os olvidaré a ninguno.

   Lo curioso es que, en cierto sentido, aquello resultó ser cierto.


| 3 |
 

 Contacto: Avenida Miguel Hernández nº 24 - O Carballo (Oleiros) - A Coruña (España) Tlf: 981 610 050
manolocampos@hcrey.org
  Resolución mínima recomendada 800x600
©1999 - 2008 Hijas de Cristo Rey. Todos los derechos reservados.