Y
ya estaba. Por fin lo habíamos logrado. La
señorita Julia estaba entrando en razón.
Iba a ver la luz de verdad. Iba a quitarse la venda
de los ojos. Iba a... llorar. Sí, se puso
a llorar desconsoladamente, dándonos la espalda
y cubriéndose la cara con las manos.
No hace falta decir que reaccionamos
con cierta madurez.
- Varela, mamón, ¿por
qué lo has hecho? - me espetó Esteban.
- ¿Yo?, me lo has dicho
tú.
- Genial, Varela. - Me recriminó
Marcelino.
Lo que me faltaba. Primero Esteban
había abierto la herida, y ahora Marcelino
le echaba la sal.
- No puedo creer que hayas hecho
eso - aseguró Santi que, al parecer, desconocía
mi capacidad para hundir en la miseria a la persona
más entusiasta, positiva y de voluntad más
inquebrantable que habíamos conocido.
- Tenías que hablarle,
no hacerla llorar - tranquilizó finalmente
mi conciencia Andrés.
No sabíamos qué
hacer en ese momento. Lo único que podía
ayudarnos era un milagro. Y entonces sucedió.
Bartolomé Búa, el mudo, entonó
la canción y de qué manera. El, que
hasta entonces había permanecido callado,
comenzó a cantar con una dulzura y una armonía,
desconocidas hasta entonces para nosotros. Hicieron
falta las lágrimas de una profesora novata
para llevar el canto a los labios de Bartolomé
Búa, poseedor de una delicada púa
en las cuerdas vocales.
Los demás lo acompañamos,
sintiéndonos inyectados de una sobredosis
de decisión y confianza en nosotros mismos.
Y así empezó el
gran resurgimiento de la Coral de 8º. Sólo
faltaban dos semanas para el concierto, pero durante
aquellas dos semanas, respirábamos (óyeme,
tú que eres joven, tú que sabes comprender),
soñábamos (tú que guardas en
tus manos tanta fe), nos duchábamos (tú
que buscas las verdades, tú que tienes corazón),
comíamos (tú serás como nosotros,
cantarás nuestra canción), estudiábamos
(canto a la flor del campo, canto al viento, canto
al mar), en el autobús (canto a la luz que
muere en el trigal) y ante nuestros padres cuando
nos preguntaban por las notas (canto al amor sincero,
canto al fuego del hogar, canto a la verdadera libertad);
aquella canción se convirtió en nuestro
himno, nuestro canto de batalla, nuestro punto de
encuentro, nuestro vínculo de unión.
Cuando por fin llegó el día del concierto,
habíamos pasado de horribles a...
- ¡Magníficos! -
dijo la señorita Julia, tras el último
ensayo en la clase, una hora antes del comienzo
del festival.
Bueno, la verdad es que no había
quedado mal. En fin, estábamos preparados.
Teníamos a Búa. Esa era nuestra arma
secreta.
El salón de actos vestía
sus mejores galas para la ocasión. Para quien
no conozca el salón de actos de este colegio,
baste decir que hay varios detalles que son más
propios de una pista de patinaje que de un salón
de actos. Su temperatura, por ejemplo. Todos estaban
presentes: nuestros padres, los curas, los profesores
y compañeros de fatigas. Sí señor,
todos juntitos por un objetivo común: protegerse
del frío. Los grupos corales que representaban
a los diferentes cursos calmaban sus nervios por
los pasillos que daban acceso al escenario. Un chico
que pertenecía al coro de 3º de BUP
se dirigió a nosotros:
- ¿Eh?. Sois de la Coral
de 8º, ¿verdad?. Queremos oíros
cantar - parecía sincero.
- Y vosotros, ¿qué
cantáis? - preguntó Santi.
- Empezaremos con el Ave María
de Haendel, luego el Pater Noster qui est in celi,
la versión de Sibelius. Luego, algo más
ligero, unos fragmentos de La Traviata. ¿Y
vosotros?.
- Oyeme, tú que eres joven.
- Mucha suerte.
- Igualmente.
Eramos los quintos en salir. Nos
habíamos vestido, como exigían las
bases del festival, siguiendo la etiqueta más
rigurosa: camisa blanca, corbata, chaqueta azúl
y pantalón gris marengo. Bastantes de nosotros
tuvimos que recurrir a utilizar la ropa de nuestros
hermanos mayores. Otros se la compraron para la
ocasión. Los grupos corales que habían
actuado previamente habían demostrado un
nivel muy alto, como así lo atestiguaban
los aplausos y clamores jubilosos de los asistentes.
Todo estaba dispuesto y cuando ya el grupo que nos
precedía comenzaba su última canción
( menos nosotros todos los demás grupos interpretaron
dos o tres temas), la señorita Julia nos
aligeró la tensión y la responsabilidad
en las que estábamos sumidos por medio de
este discurso "sosegado" y "desapasionado":
- Estoy orgullosa de vosotros,
chicos. Desde que era solamente una niña,
he soñado con estar ahí de pie frente
a un coro y formarlos en el canto. Esta noche va
a ser mi primera vez. Y os quiero dar las gracias.
Gracias por que vais a hacer realidad el sueño
que más me ha obsesionado desde que era niña.
Gracias porque le habéis dado significado
a mi trabajo. Gracias. Jamás os olvidaré
a ninguno.
Lo curioso es que, en cierto sentido,
aquello resultó ser cierto.