martes, 02 de diciembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...)  La Señorita Julia
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   La señorita Julia había preparado una coreografía audaz. Normalmente, y aunque sólo la directora del coro sale a saludar después de que el coro termine la actuación y se retire hacia bastidores, la señorita había pensado inducir al público a aplaudir durante, al menos, dos minutos. Lo que en el último ensayo nos propuso fue prolongar aquellos dos minutos indefinidamene mediante lo que se podría llamar un pequeño espectáculo aparte. "Algo improvisado", dijo. "Una especie de bis".

   Su idea era que el cantante principal, Bartolomé Búa, siguiera cantando mientras, de uno en uno, todos los demás miembros de la Coral abandonábamos el entarimado bailando, saludando e invitando al púbico a aplaudir. Todos recibiríamos el homenaje del público. De ello se podían sacar dos conclusiones: o la señorita Julia calculaba que nos dedicarían una ovación de vigor volcánico o temía lo contrario, por lo que se aseguraba prolongar el aplauso poniendo en escena estos saludos "espontáneos".

   Estábamos inquietos, con ganas de cantar. La señorita Julia, durante los días previos al festival, había padecido un fuerte constipado pero, por lo visto, ya parecía lo bastante recuperada de su resfriado como para ponerse un ajustado vestido azul con la espalda descubierta.

   Y así, desde las oscuras profundidades de la sala de canto del Hermano Ignacio, la Coral de 8º salió por fin a la luz. Claro que había recelo. Pero con sólo mirar el confiado rosto de la señorita Julia, sabíamos que no debíamos temer nada. Ella creía en nosotros y, por supuesto, nosotros creíamos en... Bartolomé Búa.

   Nos pusimos en fila. Nos tocaba. Salimos al escenario y nos colocamos debidamente trajeados sobre la tarima escalonada. Se nos recibió con fuertes aplausos.

   El salón quedó más silencioso que un gallinero al atardecer. La señorita Julia se adelantó, cruzó el escenario hasta la parte delantera con un andar rígido y tambaleante, como si caminara sobre un tablón. Un fajo de partituras le temblaba en la mano, y la cara, de un pálido sin sangre, estaba empapada en sudor. Presentó a su coral y la canción que íbamos a interpretar. La sala se oscureció, quedando sólo el escenario iluminado.

   La señorita, sonriente como un pastor que observa su rebaño, comenzó a tocar el piano. Bartolomé Búa debía iniciar la canción en solitario en sus dos primeros versos: Oyeme, tú que eres joven / tú que sabes comprender, y al acabar el segundo verso, los demás ya le acompañábamos hasta casi el final de la canción. En los dos últimos versos, Búa volvía a recuperar la voz solista. Una fórmula musical bien sencilla.

   Pero cuando recuerdo aquella noche, no es la preocupación ni los nervios lo que viene a mi mente con más nitidez, ni tampoco las caras del público. Lo que recuerdo mejor es que la voz de Búa eligió exactamente aquel momento para cambiar. Tras Oyeme, tú que eres joven, que entonó de un modo brillante, abordó la segunda línea, tú que sabes comprender, y en el sabes apareció el gallo que anunciaba el paso de la infancia a la pubertad. La señorita Julia, ante tamaño acontecimiento, decidió interrumpir su ejecución, se acercó a nosotros, luego a Búa, para darnos ánimos y ahuyentar el temor que empezaba a hacer mella en algunos de nosotros. Volvió a sentarse al piano, entre cuchicheos y algunas risitas apagadas del público.

   Comenzó de nuevo la canción, y esta vez el gallo cacareó antes, en joven. Se empezaron a oír ciertos murmullos de impaciencia por parte del público. La profesora volvió a acercarse -esta vez con una expresión algo angustiada - y nos reclamó tranquilidad, juntando las palmas de las manos en ademán de rezar. De lo que sí estoy convencido es que cantar, no cantaríamos bien, pero está claro que contribuíamos a que aflorasen en nuestros profesores de canto profundas actitudes religiosas. La señorita Julia volvió a su piano, comenzó la canción, y ya en Oyeme, Búa, ante nuestros ojos, pasó de ser un tenor lírico a...bueno, un sapo. Ya era demasiado evidente. La señorita Julia decidió continuar tocando, nos pidió que cantásemos las líneas que le tocaban a Búa, y nosotros hicimos lo único que podíamos hacer: asustarnos.

   - ¡Vamos! ¡Seguid, seguid! - nos imploraba en un tono de voz bajo, pero enérgico.

   Pero ya era demasiado tarde. Alguien, me parece que fue Andrés, estornudó, lo cual resultó demasiado impactante para Esteban, que empezó a reirse. A mi se me cayó el libreto y en el esfuerzo de agacharme para recogerlo, empujé a Santi, que en un desesperado intento por mantener el equilibrio, se agarró al cuello de Marcelino, saltando los dos desde el escalón en el que se encontraban para evitar caerse de espaldas. No era nada, sólo que nos gustaba... improvisar sobre la marcha. Fue como una reacción en cadena. A pesar de todos estos contratiempos, el coro siguió cantado (unos recogían lirios mientras cantaban impasibles a la flor del campo; otros como yo, se estaban quemando cantando al fuego del hogar; los más rezagados, mirando para todos los lados, aún buscaban las verdades), demostrando una envidiable profesionalidad. Para entonces el público asistente - unas cuatrocientas personas, más o menos -, estaba soltando tales carcajadas que pensé que alguno corría el riesgo de padecer algún serio daño interno.

   Logramos terminar la canción. La señorita Julia se levantó lentamente de su taburete y se puso de cara al público. Aún quedaban ecos de risas y algarabía. Se produjeron algunos tímidos aplausos y nosotros para rematarlo, extendimos nuestros brazos hacia ella en un claro gesto de que sólo ella debía ser la beneficiaria de ese tímido reconocimiento. Afortunadamente, a ninguno de nosotros se le ocurrió en ese momento poner en práctica la coreografía final que había preparado la señorita Julia con vistas a mantener el aplauso de público. Cuando abandonamos el escenario y llegamos a la clase, todos sentimos un alivio inmediato, como si, por fin, nos hubiésemos puesto una camisa limpia.

   No fue culpa de nadie. Supongo que nos habían forzado más allá de nuestros límites. Eramos un puñado de chicos de 8º, nada más. La señorita Julia había soñado con formarnos como algo que no éramos. Pero aquella noche le sonó el despertador.

   Jamás, tras haber concluido la sustitución,volvimos a saber nada de ella. Pero, de todos modos, me gustaría pensar que, esté donde esté, hay un rincón en su memoria para nosotros. Aprendimos juntos. Nosotros aprendimos de ella y, en cierto sentido, ella de nosotros.

   O es lo que me gusta creer. Gracias, señorita Julia.

   Ah, se me olvidaba, no ganamos el festival.


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