La
señorita Julia había preparado una
coreografía audaz. Normalmente, y aunque
sólo la directora del coro sale a saludar
después de que el coro termine la actuación
y se retire hacia bastidores, la señorita
había pensado inducir al público a
aplaudir durante, al menos, dos minutos. Lo que
en el último ensayo nos propuso fue prolongar
aquellos dos minutos indefinidamene mediante lo
que se podría llamar un pequeño espectáculo
aparte. "Algo improvisado", dijo. "Una
especie de bis".
Su idea era que el cantante principal,
Bartolomé Búa, siguiera cantando mientras,
de uno en uno, todos los demás miembros de
la Coral abandonábamos el entarimado bailando,
saludando e invitando al púbico a aplaudir.
Todos recibiríamos el homenaje del público.
De ello se podían sacar dos conclusiones:
o la señorita Julia calculaba que nos dedicarían
una ovación de vigor volcánico o temía
lo contrario, por lo que se aseguraba prolongar
el aplauso poniendo en escena estos saludos "espontáneos".
Estábamos inquietos, con
ganas de cantar. La señorita Julia, durante
los días previos al festival, había
padecido un fuerte constipado pero, por lo visto,
ya parecía lo bastante recuperada de su resfriado
como para ponerse un ajustado vestido azul con la
espalda descubierta.
Y así, desde las oscuras
profundidades de la sala de canto del Hermano Ignacio,
la Coral de 8º salió por fin a la luz.
Claro que había recelo. Pero con sólo
mirar el confiado rosto de la señorita Julia,
sabíamos que no debíamos temer nada.
Ella creía en nosotros y, por supuesto, nosotros
creíamos en... Bartolomé Búa.
Nos pusimos en fila. Nos tocaba.
Salimos al escenario y nos colocamos debidamente
trajeados sobre la tarima escalonada. Se nos recibió
con fuertes aplausos.
El salón quedó más
silencioso que un gallinero al atardecer. La señorita
Julia se adelantó, cruzó el escenario
hasta la parte delantera con un andar rígido
y tambaleante, como si caminara sobre un tablón.
Un fajo de partituras le temblaba en la mano, y
la cara, de un pálido sin sangre, estaba
empapada en sudor. Presentó a su coral y
la canción que íbamos a interpretar.
La sala se oscureció, quedando sólo
el escenario iluminado.
La señorita, sonriente
como un pastor que observa su rebaño, comenzó
a tocar el piano. Bartolomé Búa debía
iniciar la canción en solitario en sus dos
primeros versos: Oyeme, tú que eres joven
/ tú que sabes comprender, y al acabar el
segundo verso, los demás ya le acompañábamos
hasta casi el final de la canción. En los
dos últimos versos, Búa volvía
a recuperar la voz solista. Una fórmula musical
bien sencilla.
Pero cuando recuerdo aquella noche,
no es la preocupación ni los nervios lo que
viene a mi mente con más nitidez, ni tampoco
las caras del público. Lo que recuerdo mejor
es que la voz de Búa eligió exactamente
aquel momento para cambiar. Tras Oyeme, tú
que eres joven, que entonó de un modo brillante,
abordó la segunda línea, tú
que sabes comprender, y en el sabes apareció
el gallo que anunciaba el paso de la infancia a
la pubertad. La señorita Julia, ante tamaño
acontecimiento, decidió interrumpir su ejecución,
se acercó a nosotros, luego a Búa,
para darnos ánimos y ahuyentar el temor que
empezaba a hacer mella en algunos de nosotros. Volvió
a sentarse al piano, entre cuchicheos y algunas
risitas apagadas del público.
Comenzó de nuevo la canción,
y esta vez el gallo cacareó antes, en joven.
Se empezaron a oír ciertos murmullos de impaciencia
por parte del público. La profesora volvió
a acercarse -esta vez con una expresión algo
angustiada - y nos reclamó tranquilidad,
juntando las palmas de las manos en ademán
de rezar. De lo que sí estoy convencido es
que cantar, no cantaríamos bien, pero está
claro que contribuíamos a que aflorasen en
nuestros profesores de canto profundas actitudes
religiosas. La señorita Julia volvió
a su piano, comenzó la canción, y
ya en Oyeme, Búa, ante nuestros ojos, pasó
de ser un tenor lírico a...bueno, un sapo.
Ya era demasiado evidente. La señorita Julia
decidió continuar tocando, nos pidió
que cantásemos las líneas que le tocaban
a Búa, y nosotros hicimos lo único
que podíamos hacer: asustarnos.
- ¡Vamos! ¡Seguid,
seguid! - nos imploraba en un tono de voz bajo,
pero enérgico.
Pero ya era demasiado tarde. Alguien,
me parece que fue Andrés, estornudó,
lo cual resultó demasiado impactante para
Esteban, que empezó a reirse. A mi se me
cayó el libreto y en el esfuerzo de agacharme
para recogerlo, empujé a Santi, que en un
desesperado intento por mantener el equilibrio,
se agarró al cuello de Marcelino, saltando
los dos desde el escalón en el que se encontraban
para evitar caerse de espaldas. No era nada, sólo
que nos gustaba... improvisar sobre la marcha. Fue
como una reacción en cadena. A pesar de todos
estos contratiempos, el coro siguió cantado
(unos recogían lirios mientras cantaban impasibles
a la flor del campo; otros como yo, se estaban quemando
cantando al fuego del hogar; los más rezagados,
mirando para todos los lados, aún buscaban
las verdades), demostrando una envidiable profesionalidad.
Para entonces el público asistente - unas
cuatrocientas personas, más o menos -, estaba
soltando tales carcajadas que pensé que alguno
corría el riesgo de padecer algún
serio daño interno.
Logramos terminar la canción.
La señorita Julia se levantó lentamente
de su taburete y se puso de cara al público.
Aún quedaban ecos de risas y algarabía.
Se produjeron algunos tímidos aplausos y
nosotros para rematarlo, extendimos nuestros brazos
hacia ella en un claro gesto de que sólo
ella debía ser la beneficiaria de ese tímido
reconocimiento. Afortunadamente, a ninguno de nosotros
se le ocurrió en ese momento poner en práctica
la coreografía final que había preparado
la señorita Julia con vistas a mantener el
aplauso de público. Cuando abandonamos el
escenario y llegamos a la clase, todos sentimos
un alivio inmediato, como si, por fin, nos hubiésemos
puesto una camisa limpia.
No
fue culpa de nadie. Supongo que nos habían
forzado más allá de nuestros límites.
Eramos un puñado de chicos de 8º, nada
más. La señorita Julia había
soñado con formarnos como algo que no éramos.
Pero aquella noche le sonó el despertador.
Jamás, tras haber concluido
la sustitución,volvimos a saber nada de ella.
Pero, de todos modos, me gustaría pensar
que, esté donde esté, hay un rincón
en su memoria para nosotros. Aprendimos juntos.
Nosotros aprendimos de ella y, en cierto sentido,
ella de nosotros.
O es lo que me gusta creer. Gracias,
señorita Julia.
Ah, se me olvidaba, no ganamos
el festival.