Mi
padre era un señor con uniforme y gorra que
aparecía entre humo, silbidos y chirridos de
freno, los lunes a las seis (con algo de retraso),
nos abrazaba mucho - sobre todo a mamá - durante
unos minutos, y desaparecía de nuevo, dejándonos
callados para el resto del día, con aquel retumbar
de su partida, vagón tras vagón, vagón
tras vagón, metido hasta la médula.
La tarde del día antes, domingo,
la pasaba mi madre en la cocina: bonito encebollado,
tortilla de patata, pastel de requesón. Lo
iba metiendo todo en distintas tarteras que, después,
aún calientes, envolvía con papel de
periódico. A veces, pegaba en los paquetes,
con engrudo, escuetos mensajes escritos con aquella
su letra pequeña y puntiaguda: "Arroz"
o "Atún" o "Pollo", según
fuera, y, debajo, un "cómetelo todo",
un "con amor".
Yo mientras, dibujaba: muchas casas
con ruedas, muchos trenes varados en mitad de un jardín.
Sabela a ratos intentaba copiarme, a ratos jugaba
a cocinar también para papá, preparando
una pasta gomosa y alargada que, al final, se ponía
color indefinido, tanto manosearla, tanto caérsele
al suelo de sus manitas torpes, y que ella incluía
orgullosa en el cesto de padre diciendo: "Pan"
A eso de las nueve se quedaba dormida,
embadurnada entera, cansada y satisfecha, en brazos
de mamá. Entonces yo sabía que llegaba
mi turno: madre no dejaría de insistir e insistir
para que me acostase, mañana te llamo al alba,
a las cinco te llamo, tienes que descansar... Remolón,
interrumpía el dibujo, la ayudaba a meter el
cesto en la fresquera, me dejaba estrechar por su
piel tibia y dulce y, aún sin sueño,
me metía en la cama, sintiendo aquel ir y venir
de madre por la casa y creyendo que madre no se acostaba
nunca...
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