| -Miguel,
las cinco y cuarto.
Cuando salíamos -madre con la niña aún
dormida en brazos, yo con el cesto-, todavía
temblaba en la calle la luz anaranjada de los faroles,
débiles soles en medio del frío de la
noche.
Nos cruzábamos con la beata
Sagrario, camino de la iglesia; con Alfonso, el periodista
de La Hoja, que ya se iba a dormir, con D. Félix
Piñeiro, el Interventor Municipal, saliendo
del Ayuntamiento extrañamente sigiloso por
la puerta de atrás; con Luis, el hijo del panadero,
que a esas horas empezaba el reparto y nos vendía
las barras calientes para padre con cuidado de que
no se enterase Sabela, no se fuera a despertar.
Los lunes, madre estaba especialmente
bella. Solía llevar el pelo recogido en un
moño y uno de aquellos vestidos suyos de tonos
azulados, sencillos, ajustados a su figura frágil,
y la esperanza toda reflejada en el rostro, sólo
a veces nublado por una leve sombra, como una pequeña
incertidumbre instalada al fondo de sus ojos, que
no se despejaba hasta el reencuentro.
En la estación, Nati la del
café nos preparaba cacao caliente con tostadas,
Sabela se despertaba. A mí, a pesar del frío,
me gustaba salir cuanto antes al andén, asomarme
a la vía, intentar recorrer con la mirada las
líneas de hierro brillante hasta que se perdían
o bien se enmarañaban, enredándose con
las líneas del andén 2, del 3..., ver
cómo amanecía, observar algún
tren, normalmente parado en la vía del fondo,
hablar con D. Amadeo, el jefe de estación,
pues hoy llega también con algo de retraso
o trae planchas de acero o bloques de hormigón
y, mira, aquél de allí, ése es
un tren correo...
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