viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...)
Los lunes a las seis
(con algo de retraso )
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Yo me sentía orgulloso del trato que me daba D. Amadeo. En el colegio, causaba sensación entre los chicos aquello de tratar como a un amigo al jefe de estación y, no digamos ya, lo de tener un padre maquinista. Eso producía casi tanta admiración como la que sentíamos todos por Alejandro Arroyo: su padre era marino. Bien es verdad que hubo una temporada en la que el tonto de Felisito Piñeiro había intentado desprestigiarnos a Alejandro y a mí, diciendo con su voz de pito en los recreos que había oído que los marinos tenían un amor en cada puerto y que lo mismo ocurría con los maquinistas de trenes, sobre todo de largo recorrido, en cada estación, y que tanto el padre de Alejandro como el mío debían de tener, a buen seguro, mujeres e hijos y más mujeres y más hijos repartidos por el mundo, "así que ya lo sabes, Chucuchú..." Aquello llegó a producirme unas pesadillas espantosas, en las que un niño idéntico a mí mismo y otra Sabela idéntica a Sabela y otra madre idéntica a nuestra madre se multiplicaban y se repetían en Ponferrada, en Astorga, en Zamora, en Cáceres, en Sevilla y en el resto de las estaciones de Andalucía por las que discurría el recorrido semanal de mi padre alrededor de España, y lo mismo en Murcia, Gandía, Sagunto, Castellón, Tarragona, Barcelona, Lérida, Zaragoza, Alsasua, Vitoria, Burgos, Venta de Baños, Sahagún, León y de nuevos nosotros, en Ortigueira, para repetir otra vez el mismo recorrido, y así hasta el infinito. La única diferencia que existía entre mamá, Sabela y yo y el resto de las familias de mi padre estaba en que ellos lo veían un martes, un miércoles, un jueves, a las nueve, a las doce o a las tres, y nosotros, los lunes, los lunes a las seis (con algo de retraso). Después, aquel temor se me fue disipando. Bastaba con pensar que mi padre pasaba todos los años las Navidades con nosotros. Si tuviera tantas familias como decía Felisito Piñeiro, lo justo hubiera sido un año en cada casa. Además, Felisito dejó de contar aquellas historias en el patio, desde que el teniente alcalde descubrió una noche a su hija Carmiña con D. Félix Piñeiro en la sala de juntas del Ayuntamiento y la noticia corrió como la pólvora. ...


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