Yo
me sentía orgulloso del trato que me daba
D. Amadeo. En el colegio, causaba sensación
entre los chicos aquello de tratar como a un amigo
al jefe de estación y, no digamos ya, lo
de tener un padre maquinista. Eso producía
casi tanta admiración como la que sentíamos
todos por Alejandro Arroyo: su padre era marino.
Bien es verdad que hubo una temporada en la que
el tonto de Felisito Piñeiro había
intentado desprestigiarnos a Alejandro y a mí,
diciendo con su voz de pito en los recreos que había
oído que los marinos tenían un amor
en cada puerto y que lo mismo ocurría con
los maquinistas de trenes, sobre todo de largo recorrido,
en cada estación, y que tanto el padre de
Alejandro como el mío debían de tener,
a buen seguro, mujeres e hijos y más mujeres
y más hijos repartidos por el mundo, "así
que ya lo sabes, Chucuchú..." Aquello
llegó a producirme unas pesadillas espantosas,
en las que un niño idéntico a mí
mismo y otra Sabela idéntica a Sabela y otra
madre idéntica a nuestra madre se multiplicaban
y se repetían en Ponferrada, en Astorga,
en Zamora, en Cáceres, en Sevilla y en el
resto de las estaciones de Andalucía por
las que discurría el recorrido semanal de
mi padre alrededor de España, y lo mismo
en Murcia, Gandía, Sagunto, Castellón,
Tarragona, Barcelona, Lérida, Zaragoza, Alsasua,
Vitoria, Burgos, Venta de Baños, Sahagún,
León y de nuevos nosotros, en Ortigueira,
para repetir otra vez el mismo recorrido, y así
hasta el infinito. La única diferencia que
existía entre mamá, Sabela y yo y
el resto de las familias de mi padre estaba en que
ellos lo veían un martes, un miércoles,
un jueves, a las nueve, a las doce o a las tres,
y nosotros, los lunes, los lunes a las seis (con
algo de retraso). Después, aquel temor se
me fue disipando. Bastaba con pensar que mi padre
pasaba todos los años las Navidades con nosotros.
Si tuviera tantas familias como decía Felisito
Piñeiro, lo justo hubiera sido un año
en cada casa. Además, Felisito dejó
de contar aquellas historias en el patio, desde
que el teniente alcalde descubrió una noche
a su hija Carmiña con D. Félix Piñeiro
en la sala de juntas del Ayuntamiento y la noticia
corrió como la pólvora. ...