viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación...)
Los lunes a las seis
(con algo de retraso )
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   ¡Ahí viene! Aparece de repente silbando por la curva de entrada a la estación. A mamá -que ya está a mi lado y sujeta a Sabela, que palmotea inquieta-, le tiembla un poco el cuerpo. Entra el tren majestuoso, envuelto en denso humo, lanzando resoplidos de gigante. El ruido de los frenos que chirrían ahoga los gritos de la niña, que aún se sigue asustando un poco con el tren.

   Por fin, se para. Entonces, baja padre sonriente, con su uniforme y gorra, nos abarca a los tres con sus brazos enormes, aúpa a Sabela, la columpia, la estruja, luego coge a mamá y, a veces, también la alza un poco en el aire, después me mira a mí, juega a pegarme y me enzarzo con él en un combate simulado que acaba siempre en risas, vuelve a estrujar a Sabela, besa a mamá en los labios...

   Durante los encuentros con papá había un momento preciso en el que los abrazos alegres de bienvenida se mezclaban, confundiéndose, con los del adiós. O, quizá, desde el principio, todo formaba parte de una misma ceremonia de despedida.

      -Los estudios, ¿van bien?

      -Pues...

      -Le da por dibujar, pero lo demás bien -tranquiliza mamá- no te preocupes.

      -Me tienes que enseñar esos dibujos... ¡Ah! os he traído una cosa - y sacaba un paquete del bolsillo.

   El tiempo entonces, pasaba vertiginosamente, como si una confabulación universal de los relojes decidiera que el mundo caminara por lo menos a cuarenta minutos por segundo.

      -Lo siento, Miguel, tengo que dar la salida, vais con bastante retraso - decía D. Amadeo en tono de disculpa.

      -Gracias, Amadeo, ya acabamos - contestaba papá, y volvía a abrazarnos, a la vez que él y madre intercambiaban apresuradamente las últimas frases, los besos últimos.

      -¡Pero cuántas cosas ricas me habéis metido aquí! -decía padre subiendo ya a la máquina y volviéndose hacia nosotros, con el cesto en alto.

      -¡Pan! - gritaba Sabela- ¡Paan!

Quedábamos un rato en el andén, los corazones agitados como pañuelos del adiós, mientras el tren iba pasando largo, pesado, lento - vagón tras vagón - se alejaba después hasta volverse un punto y desaparecía por fin, en lo lejano.


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