A mí me
mataban en el primer acto.
Había acudido a aquella
taberna toscana, sin que las ropas de labriego de
mi disfraz lograran disimular del todo mi condición
nobiliaria, y allí aguardaba a un criado
de mi amigo el Marqués de la Mota que me
conduciría a algún lugar seguro.
Eran los últimos cinco
minutos del primer acto, la escena novena de un
atropellado drama en el que andaban los Médicis
por medio y en el que, entre lances de capa y espada,
venenos e intrigas cortesanas, máscaras,
antifaces y embozados, caballos briosos apostados
y bergantín fugaz dispuesto, se iba tejiendo
un indescifrable galimatías derivado de la
propia adaptación de la obra, la cual había
realizado el hermano Antonino con el propósito
de que resultara más asequible a la memoria
y a las escasas dotes dramáticas de los alumnos
participantes, que más que interpretar, perpetraban
su papel.
Las transferencias de amistades
en amores, de pasión en idealismo, y el trastorno
de los parentescos, hacían que la trama navegara,
con frecuencia, entre ambiguas declaraciones fraternales
y sospechosos rencores nacidos de inexplicables
despechos. Resultaba duro de entender que, en aquel
extraño mundo de exclusivos varones que representaban
todos los papeles, —el colegio no era mixto—,
las criadas y nodrizas tuviesen una voz tan grave,
la tabernera acomodase manualmente, sin el menor
pudor, sus partes más íntimas, y la
duquesa hiciese gala de un bigote y una barba incipientes,
precisando urgentemente un afeitado.
Para abrir boca se había representado previamente
una pequeña pieza de un drama interpretado
por estudiantes de un curso inferior al nuestro.
Los propios estudiantes habían manifestado,
durante los ensayos, que los párrafos largos
y aburridos del texto no eran tan eficaces como
los breves y chistosos que parecían cumplir
con creces su cometido. Por consiguiente, el hermano
Miguel había arreglado la obra en aras de
dotarla de una mayor vivacidad. Pero se ve que no
conocía la invención de la cursiva,
ya que se confundían con frecuencia las indicaciones
de escena con los diálogos, y a menudo se
oían frases como: “Don Luis, levantándose
de la silla en la que ha permanecido inmóvil
durante la escena anterior, se enfrenta con Fabio”
o “Diego, fuera de sí, dirígese
hacia la puerta. Vase”. Entonadas, eso sí,
con la ayuda de un convincente celo dramático.
Ahora me encontraba sentado en
un taburete, al pie del proscenio, con la jarra
de vino en la mano y el codo apoyado en la mesa,
aguardando con cierto aire de disimulada despreocupación,
al dichoso criado del Marqués de la Mota,
que entraría por el foro, tembloroso y con
cara de traidor subvenciona¬do, para indicarle
al sicario que le seguía que aquel desamparado
parroquiano, tan sospechosamente disfrazado, no
era otro que el Duque Octavio, al que había
que dar el trágico pasaporte previsto en
la terrible conspiración. Ni que decir tiene
que mi amigo el Marqués estaba metido hasta
las cachas en el asunto y que yo pecaba de ingenuo
esperando su amparo.
El tabernero, después
de servirme, había hecho un discreto mutis
y todo estaba dispuesto para la celada.