martes, 02 de diciembre de 2008
 
Mi angelito
Primer Acto
pág.1 de 4
Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   A mí me mataban en el primer acto.

   Había acudido a aquella taberna toscana, sin que las ropas de labriego de mi disfraz lograran disimular del todo mi condición nobiliaria, y allí aguardaba a un criado de mi amigo el Marqués de la Mota que me conduciría a algún lugar seguro.

   Eran los últimos cinco minutos del primer acto, la escena novena de un atropellado drama en el que andaban los Médicis por medio y en el que, entre lances de capa y espada, venenos e intrigas cortesanas, máscaras, antifaces y embozados, caballos briosos apostados y bergantín fugaz dispuesto, se iba tejiendo un indescifrable galimatías derivado de la propia adaptación de la obra, la cual había realizado el hermano Antonino con el propósito de que resultara más asequible a la memoria y a las escasas dotes dramáticas de los alumnos participantes, que más que interpretar, perpetraban su papel.

   Las transferencias de amistades en amores, de pasión en idealismo, y el trastorno de los parentescos, hacían que la trama navegara, con frecuencia, entre ambiguas declaraciones fraternales y sospechosos rencores nacidos de inexplicables despechos. Resultaba duro de entender que, en aquel extraño mundo de exclusivos varones que representaban todos los papeles, —el colegio no era mixto—, las criadas y nodrizas tuviesen una voz tan grave, la tabernera acomodase manualmente, sin el menor pudor, sus partes más íntimas, y la duquesa hiciese gala de un bigote y una barba incipientes, precisando urgentemente un afeitado.

Para abrir boca se había representado previamente una pequeña pieza de un drama interpretado por estudiantes de un curso inferior al nuestro. Los propios estudiantes habían manifestado, durante los ensayos, que los párrafos largos y aburridos del texto no eran tan eficaces como los breves y chistosos que parecían cumplir con creces su cometido. Por consiguiente, el hermano Miguel había arreglado la obra en aras de dotarla de una mayor vivacidad. Pero se ve que no conocía la invención de la cursiva, ya que se confundían con frecuencia las indicaciones de escena con los diálogos, y a menudo se oían frases como: “Don Luis, levantándose de la silla en la que ha permanecido inmóvil durante la escena anterior, se enfrenta con Fabio” o “Diego, fuera de sí, dirígese hacia la puerta. Vase”. Entonadas, eso sí, con la ayuda de un convincente celo dramático.

   Ahora me encontraba sentado en un taburete, al pie del proscenio, con la jarra de vino en la mano y el codo apoyado en la mesa, aguardando con cierto aire de disimulada despreocupación, al dichoso criado del Marqués de la Mota, que entraría por el foro, tembloroso y con cara de traidor subvenciona¬do, para indicarle al sicario que le seguía que aquel desamparado parroquiano, tan sospechosamente disfrazado, no era otro que el Duque Octavio, al que había que dar el trágico pasaporte previsto en la terrible conspiración. Ni que decir tiene que mi amigo el Marqués estaba metido hasta las cachas en el asunto y que yo pecaba de ingenuo esperando su amparo.

    El tabernero, después de servirme, había hecho un discreto mutis y todo estaba dispuesto para la celada.


| Inicio |
| 1 |
 

 Contacto: Avenida Miguel Hernández nº 24 - O Carballo (Oleiros) - A Coruña (España) Tlf: 981 610 050
manolocampos@hcrey.org
  Resolución mínima recomendada 800x600
©1999 - 2008 Hijas de Cristo Rey. Todos los derechos reservados.