viernes, 21 de noviembre de 2008
 
Mi angelito

(Continuación...)SE VENDEN RECUERDOS
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Repartir sus recuerdos entre los pobres, como sin duda le habría aconsejado su pía bisabuela, le parecía tan ostentoso como donarlos a un archivo o a un museo; sin contar con que los pobres, ya se sabe, son en extremo susceptibles, y el regalo de recuerdos usados podría ofenderles. Así que finalmente, y a falta de mejor solución, la señorita Adelaida optó por poner a la venta sus recuerdos.

   Redactó pues el siguiente anuncio, que hizo insertar en el periódico local:

   "SE VENDEN DIEZ MIL RECUERDOS EN BUEN ESTADO. Al por mayor o al detalle. Precios razonables. Curiosos y cotillas abstenerse".

   Y se sentó junto al teléfono en espera de eventuales compradores.


   El primero en llamar fue un jeque árabe. Estaba muy interesado, según dijo, en adquirir recuerdos invernales, ya que sólo durante un reciente viaje a Suiza -a fin de concluir un importante negocio de trueque de camellos por relojes de cuco, precisó- había descubierto los encantos del invierno. La señorita Adelaida respondió que tenía algunos.

   -¿Con nieve? -preguntó el jeque, esperanzado. -Bueno -empezó la señorita Adelaida, que era muy servicial-, nieve, lo que se dice nieve..., en mi ciudad no nieva, pero si se conforma con granizo... -¡Ni hablar! -exclamó el jeque, con voz de hombre importante-. He dicho nieve, ¡nada de imitaciones! ¡Y además quiero auroras boreales, esquimales, ventiscas, iglúes, icebergs y trineos tirados por pingüinos! -Será por renos -corrigió educadamente la señorita Adelaida; pero en ese preciso instante, novecientos treinta y cinco relojes de cuco comenzaron simultáneamente a dar las once (hora de Kuwait). Una terrible maldición islámica fue lo último que oyó. El jeque había colgado.

   Poco tiempo después telefoneó una dama muy afable, que comenzó preguntando si tendría recuerdos literarios. La señorita Adelaida, llena de buena voluntad, tomó carrerilla y se lanzó a declamar:

   -¡Con diez cañones por Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...! No, me parece que no era exactamente eso -añadió en voz más baja.

   La dama, con mucho tacto, aprovechó ese momento de vacilación para continuar:


   -No, verá, señorita, lo que sucede es que estoy escribiendo la biografía novelada de una princesa rusa de principios de siglo y me hacen falta recuerdos, cómo le diría yo, pues eso, novelescos. Bueno, pues he visto su anuncio en el periódico y me he dicho, digo, Cristina, a lo mejor este caballero, o esta señorita, te podrían ayudar. Yo no le podría pagar mucho, la verdad, y claro está que si por casualidad fuese usted una princesa rusa, no vendería sus recuerdos por cuatro pesetas. Pero mire, la cosa está en que yo me conformaría con recuerdos, digamos, de Hamburgo o de Estrasburgo, si no los tiene de San Petersburgo, porque, claro, usted en San Petersburgo no habrá estado nunca, pero mire, si a eso vamos, yo tampoco, pero el lector medio mucho menos, no sé si me entiende, y mientras suene exótico... En fin, que usted me vende los recuerdos que tenga de duelos, collares de esmeraldas, lobos esteparios, algún apuesto correo del Zar, amores imposibles, suicidios con daga, adulterios, militares brindando con vodka..., me haría un buen precio, ¿verdad?, siendo de segunda mano..., bueno, a lo que iba: yo entonces cambio todos los nombres para que suenen a ruso, si es Martínez, Martinov, si es García, Garciovsky, si es López, Lopenko, y así (licencia poética, le llamamos a eso en nuestra jerga); pongo aquí y allá un grupo de campesinos bailando la balalaica, una horda de bolcheviques feroces con la hoz y el martillo al cinto, unas fuentes repletas de caviar en la fiesta de cumpleaños de un duque, y vamos, que me queda bordado. ¿Qué le parece?

   La señorita Adelaida dudó un rato.

   -¿Amores imposibles dice usted que le sirven? -preguntó por fin-. Porque de eso... -añadió en un murmullo-, de eso tengo alguno.

    -Si es con duques o marquesas, desde luego -respondió la dama con firmeza.

   -Ah, no -replicó la señorita Adelaida-. Sólo puedo ofrecerle, si usted no la ha leído, mi recuerdo de "Rojo y negro".

-Rojos, por supuesto -respondió su interlocutora, con evidente suspicacia-, pero ¿me quiere usted decir qué pinta un negro en San Petersbur­go en 1910?

-Dejémoslo -propuso la señorita Adelaida, algo desanimada. ...


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