martes, 02 de diciembre de 2008
 
Mi angelito
(Continuación... ) SE VENDEN RECUERDOS
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Por Javier Varela (Lcdo. en Filología y Profesor del Colegio )

   Telefonearon o escribieron aún varias personas más: el inevitable representante del "Guinness Book of Records"; la directora de un orfelinato de provincias que deseaba adquirir varios lotes de recuerdos de infancia felices con vistas a obtener una subvención del Ministerio; un condenado a cadena perpetua que pedía recuerdos eróticos para entretener la vaciedad de sus noches -pero había que mandárselos disimulados en el relleno de un pastel de chocolate o en el doble fondo de una caja de galletas-; y un ciego de nacimiento, deseoso de comprar recuerdos de colores, especialmente el lila, del que le habían hablado tan bien. A éste, por lo menos, Adelaida pudo enviarle por correo el recuerdo de la espléndida buganvilla que ornaba la fachada de la casa de su bisabuela. Pero pasaban los días, y el grueso de su memoria seguía intacto y sin comprador.

   "Qué lástima de recuerdos", meditaba una tarde la señorita Adelaida, tristemente. "Yo me había encariñado con ellos y bien veo que no valen nada... Si antes pretendía venderlos, ahora estaría dispuesta a regalarlos; y si ni regalados los quiere nadie, los quemaré, o los enterraré bien hondo, y yo con ellos."

   En ese preciso instante llamaron a la puerta. Era el trapero del barrio. Olía a vinagre y a conejo.

   -¿E' aquí 'onde venden recuerdo'? -preguntó sin más preámbulo.

   -Sí, aquí es -respondió ella algo desconcertada.

   El trapero, que ya se había metido en la sala, les echó un vistazo y propuso rápidamente:

   -Ze lo' compro a peso.

    -No, no hace falta -respondió la señorita Adelaida, con fatiga-. Ya no los quiero para nada y me hará un favor si se los lleva.

   Sin perder el tiempo en comentarios, el trapero comenzó a recoger recuerdos a puñados, y algunos sueños e ilusiones que había también en el montón, y los fue metiendo hechos un revoltijo en el saco que llevaba. A medida que los iba introduciendo, la señorita Adelaida creyó percibir algunas débiles llamadas de auxilio y el alma se le encogía cada vez más.

   -Pero, dígame -preguntó tímidamente la señorita Adelaida, tras recuperarse de la sensación de pérdida que experimentaba-, ¿qué hará con ellos?

   -Pué verá -contestó el hombre, sin dejar la faena-, tengo un cliente amnézico que zeguramente me comprará tó' er lote, zi ze lo dejo baratito. -La señorita Adelaida guardaba silencio, admirada por tanto sentido práctico-. Y zi no -concluyó él-, pué' pá' quemá' en la e'tufa o pá' relleno de corchone'.

   Y tras recoger los últimos recuerdos desparramados por el suelo -entre los que la señorita Adelaida tuvo tiempo de reconocer el del entierro de su padre y el de un osito de peluche que tuvo de pequeña y al que quería con locura-, el atareado trapero se fue como había venido.

   En los meses siguientes, la vida de la señorita Adelaida fue apacible, si no feliz. Dormía a pierna suelta y sin sueños; comía con apetito, y nunca se distraía de lo que estaba haciendo ni se equivocaba de parada de autobús, cuando iba hacia el trabajo, como antes le sucedía con frecuencia. Por los documentos que había conservado, sabía su nombre, domicilio, fecha de nacimiento y número de cartilla de la Seguridad Social; nadie le pedía que supiera algo más. En sus ratos libres, miraba arrobada la televisión. Pagaba religiosamente sus impuestos, y creía a pies juntillas las noticias de los periódicos y los discursos de las autoridades. Era, en suma, la ciudadana modelo.

   Pero un día sucedió algo extraño. Iba por la calle, atenta a los semáforos y dócil a las indicaciones de los guardias, cuando oyó a alguien gritar: "¡Alberto!", y tuvo un terrible sobresalto. Como una iluminación, una voz interior le dijo que Alberto era el nombre de su primer amor; pero no le dijo más. En vano buscó ella, detenida y como fulminada en medio de la acera, la historia de aquel amor perdido en su vacía memoria; no halló sino vagos fragmentos: el eco de una ciudad -París, tal vez- y un ramo de gladiolos de color impreciso.

   Desesperada, pues acababa de descubrir que la pérdida de un recuerdo querido duele más que todos los recuerdos juntos, la señorita Adelaida se precipitó a su casa y escribió un nuevo anuncio:

   "EXTRAVIADO PRIMER AMOR. Muy cariñoso. Responde al nombre de Alberto. Signos distintivos: París y gladiolos. Se gratificará espléndidamente a quien lo devuelva sano y salvo a su desconsolada propietaria."

   Esta vez, sin embargo, no tuvo la paciencia de aguardar junto al teléfono. Como también había olvidado la visita del trapero, no tenía idea de qué podía haberse hecho de aquel precioso recuerdo, y creyó haberlo perdido esa misma mañana. Volvió, pues, a la calle fatídica, y a gatas por el suelo, comenzó a recorrer los adoquines palmo a palmo. ...


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