Al verla rebuscar con tanto ahínco, varios transeúntes se le acercaron solícitos. Los hombres creían que había perdido un pendiente, un billete de mil o una lente de contacto; las mujeres, que se le había roto el collar de perlas buenas; y los niños tiraban del brazo de sus madres para que les dejasen ayudar a la señora a encontrar la canica o la lagartija que seguramente andaba buscando. A todos los apartaba con nerviosismo la señorita Adelaida:
-Hagan el favor de no pisar -les decía, irritada-. ¿No ven que estoy buscando un recuerdo, y que podrían aplastarlo?
Entonces, los niños preguntaban: "Mamá, ¿qué es un recuerdo?", y los adultos seguían su camino con ofendida dignidad, disgustados de haber perdido el tiempo.
Por fin, un viejecito que la había estado observando en silencio se le acercó para decirle:
-Debería usted alegrarse, señorita. Créame que la envidio. Usted podrá disfrutar del presente, construir un futuro; no como yo, que atrapado por innumerables recuerdos, vivo con la vista vuelta atrás e inmóvil.
La señorita Adelaida levantó la cabeza:
-¡Cómo que debería alegrarme! -replicó, dolida-. ¡Es el recuerdo de mi primer amor lo que he perdido! ¿Se da cuenta?
El anciano movió la cabeza compasivamente.
-¿Ha probado en el Ayuntamiento? -sugirió, tras un breve silencio.
-¿En el Ayuntamiento? -repitió la señorita Adelaida.
-Sí -dijo el anciano-. En la Oficina de Recuerdos Perdidos podría ser que lo tuvieran.
La señorita Adelaida dio las gracias y corrió al Ayuntamiento. Allí la atendió una señora muy amable.
-Verá -comenzó la señorita Adelaida, sofocada aún por la carrera-, no tiene pérdida: es el recuerdo de un primer amor llamado Alberto, con gladiolos rojos, o tal vez blancos o amarillos, y atardeceres en París; por lo que más quiera, dígame: ¿lo han encontrado?
La funcionaria la contempló en silencio, con una mirada que a la señorita Adelaida, sin saber por qué, le pareció triste, y la invitó a seguirla.
Atravesaron varios corredores tenebrosos en cuyas paredes se alineaban, sobre estanterías, recuerdos polvorientos clasificados por orden alfabético. En la sección de la A, y a medida que avanzaban, la señorita Adelaida pudo distinguir recuerdos de abnegaciones y de abrazos, de amistades y aniversarios, de amaneceres y atardeceres, de de bodas y bautizos, de batallas y bromas, de colegios y compañeros, de despedidas, de excursiones, de familias... Atravesaron varias secciones más, hasta llegar a la P.
-Sección de Primeros Amores Sin Dueño -anunció su guía, con amplio y fatigado gesto-. Usted misma.
Y, dando media vuelta, se marchó.
Hace de esto diez años. La señorita Adelaida lleva examinados alrededor de setenta mil recuerdos, lo que representa apenas una décima parte del total. A veces, en un arrebato de desesperanzada furia, lo tira todo por el suelo, y se pone a llamar a voces a su Alberto, o a oler el aire, porque está segura de poder reconocer su olor entre millares; pero sólo huele a polvo, y sólo el silencio le contesta.